Lunes  16 de Julio de 2018 | Última actualización 08:52 PM
¿Hemos decretado un adiós a la memoria?
Por: VIRGILIO LÓPEZ AZUÁN | 7:24 PM

La celeridad de los tiempos hace que todo en la vida pase como un flash, como un destello fugaz que se escapa, que se pierde en horizontes a penas acabados de construir. A todos los hechos se les pasa como un rodillo y quedan aplanados, atisbados en los rincones del olvido.

Es así. Cualquier cosa que pase en este momento ya en fracciones del tiempo es sustituido por otro hecho recién acabado, recién suscitado: Un presidente que siendo obispo se le destapan varias mujeres con hijos clandestinos, violando los preceptos y los principios que sustentan la fe católica; una epidemia de gripe, la elección de un presidente negro, el asesinato de un personaje famoso, el uso de esteroides de Alex Rodríguez y Manny Ramírez, los amoríos del Padre Alberto o la última tecnología de Microsoft.

Todo eso se olvida en un instante. Los valores y los principios de la humanidad son estremecidos a cada momento. En fin, no tenemos tiempos para reflexionar, no nos queda tiempo para nada, y mucho menos para conspirar.

La sobre población mundial, el avance de la tecnología, las amenazas de enfermedades, del terrorismo, de la guerra biológica y la descomposición moral les han dado un giro al pensamiento individual y social de esta humanidad. En este nuevo milenio estamos programados para olvidar. Es el tiempo de la desmemoria, de olvidos extraños.

Estamos como diríamos: condenados al olvido. Todas las ansias se hacen y se deshacen en un instante; la ilusión, la esperanza, los éxitos, los fracasos; las subidas y las bajadas, duran poco. Es como si estuviéramos en una vorágine que ha traído el siglo con sus pasos tecnológicos.

Ahora, ¿qué quedará después de todo, qué cosas no podremos olvidar? No sabemos. Ya en la primera década del siglo XX el filósofo, -y en cierta forma, la odiada conciencia de entonces-, Friedrich Nietzsche, llegó a declarar: “Dios ha muerto”. Y esta filosofía estremeció los linderos de la intelectualidad de entonces e incluso de hoy en día. Era la desmitificación de Dios, la desacralización de esa omnisapiente y omnipresente presencia divina. Hoy se ha ido más lejos, valores y principios sociales, políticos, divinos, filosóficos, humanos, han colapsados.

No creo que dados estos juicios se pueda decir que estamos en franca decadencia como aseguran algunos fatalistas, pesimistas y deterministas. En el pensamiento de la humanidad, esto que llamamos mundo, debería haber llegado a su final al inicio del tercer milenio. Ya recordarán los pánicos causados por el famoso y anunciado virus informático Y2K. Si revisamos la historia veremos el pavor de las personas cuando en el año 999 se esperaba la llegada del segundo milenio, y el mundo siguió campante. Los hechos que recordaremos serán aquellos que trasciendan los siglos y los milenios. No recordaremos más nada.

La producción de conocimiento es cada vez más abundante, y se tiene la certeza de que todavía la humanidad producirá más y más conocimientos. Existe esa tendencia con una proyección geométrica, gracias a la tecnología y a las bases del pensamiento científico y artístico que sustentan las ideas del mundo actual.

Después de todo quedará para que no se olvide, dirían los religiosos, “el espíritu de Dios moviéndose sobre las aguas”. Eso no se olvidará. Quedarán las leyes de la naturaleza, las infalibles leyes que el hombre no será capaz de “esencinar” de asesinar su esencia.

Entonces, todos los días combatiremos en contra de los olvidos, para no perder nuestra identidad, nuestro ente. Esa será una de las grandes tareas de las futuras generaciones. Los “cerebros” son y serán los grandes sitios de almacenamiento de datos que son capaces de acumular informaciones, corriendo el riesgo de que a futuro los dispositivos tecnológicos puedan presentar desperfectos y desaparezcan fragmentos de la historia de la humanidad.

¿Saben ustedes cuántas informaciones se perdieron con los incendios de la Biblioteca de Alejandría? Nadie lo sabrá nunca. Aunque valiosos textos pudieron ser rescatados del siniestro y otros desastres, el conocimiento acumulado por generaciones se perdió para siempre. Bueno, sólo hay que imaginarse como han influido en el pensamiento de la humanidad, principalmente en el mundo occidental, aquellos aportes de la cultura helénica.

Entonces, en el mundo de hoy la velocidad con que ocurren los hechos y las cosas contribuyen con la desmemoria no solo individual, sino colectiva. Los principios corren riesgos de muerte, los valores que no son naturales sufren catarsis, trasformaciones que pasman ante la vista de todos. La expresión: “Ya nada es igual que antes”, toma relieves de altas dimensiones. Las pérdidas de dogmas de fe que sustentaban principios y valores, las creencias que han sido trasformadas en conocimientos, han empujado a la desacralización de las cosas, a quitarle esos rasgos de divinidad que por tantos siglos se han atesorado y que en mucho de los casos se han utilizado como forma de poder para la explotación del hombre por el hombre.

Quizás los vaticinios o las ideas proféticas que señalan los libros sagrados, tomen más relieve, principalmente lo que respecta al fin del mundo, por aquello de que en los últimos tiempos se verá de todo y que la llegada de Cristo, -en el caso del cristianismo-, está a la vuelta de la esquina y entrará como un ladrón en la noche.

Los olvidos y la desmemoria son tan grandes que ya nadie mira para el continente africano, ya ha sido tan explotado, que algunos tratadistas lo consideran como el continente perdido. O sea, que no importa mucho, cuantas personas se mueran en Sudán o en Etiopía, ya eso no nos sorprende porque con la celeridad de las cosas, con la vorágine del mundo, la capacidad de asombro se está perdiendo. Y cuando perdemos la capacidad de asombro, perdemos el amor a la sabiduría, el apego al pensamiento trascendente, porque en el asombro encontramos el caldo de cultivo para filosofar.

Todo este proceso de desmemoria individual y colectiva no se registra al unísono en todas las culturas, por ejemplo en Europa y todo el mundo occidental sucede con más velocidad que en el mundo islámico, con aquello de los principios del fundamentalismo, que dicho sea de paso, puede que alcance niveles de extremo en los ámbitos del llamado desarrollo a escala humana.

El mundo de la tecnología, nos ha puesto en las manos dispositivos capaces de almacenar millones de documentos, e informaciones que podemos llevar en un bolsillo o colgado del pecho con un cordón, hilarantemente a ese dispositivo se le llama “Memoria”. Entonces, ya la memoria pasa de nuestro cerebro a un dispositivo. El uso de esa maravillosa función cerebral está siendo obsoleto, a pesar de que la neurociencia está cada día descubriendo maravillas en nuestros hemisferios cerebrales.

La capacidad de retener imágenes, ideas, conceptos, cada vez es más exigente. La preparación para vivir en el mundo de hoy es cada vez más competitiva, es como una carrera al que sepa más o al que tenga más acceso a la gran memoria de la información y las redes de comunicación, que nos acelera, y nos lanza por un túnel del que no somos capaces de tornar, porque nos lame los sentidos nos succiona, nos zampa, y, sobre todo, nos despersonaliza a cada instante.

Ahora ¿qué vamos a hacer con esta realidad? Grupos humanos, sectores sociales y culturales, y entes individuales que han percibido o intuido estos fenómenos de desmemorización, han optado por el rescate de los patrimonios monumentales, históricos y culturales. Es como si su consigna fuera: “Volver a la raíz”, y se han organizado para rescatar, preservar y difundir los orígenes, como una forma de que ideas ancestrales permanezcan vivas en las puertas de la memoria humana. Los que hacen este tipo de actividad tienen carácter revolucionario, gozan de una gran motivación y casi siempre adolecen de financiamiento para sus proyectos.

El fenómeno de la desmemoria puede ser contaminante, capaz de trasmitirse de persona a persona, de sociedad en sociedad. El olvido se puede constituir en algo inmanente, porque cada vez más la humanidad asiste a la puesta en escena de otras formas de motivación y maneras de vivir que son más motivantes.

Antes, cuando la humanidad estaba segregada, los grupos humanos apartados, en los tiempos de los inicios la escritura, todo era memoria, la historia de los pueblos se construía con la memoria oral. Versos, capítulos y grandes párrafos de los libros sagrados nos llegaron por la maravilla de la memoria del hombre. Aunque no tengo información terminada intuyo que muchos libros que se perdieron en el incendio de la Biblioteca de Alejandría pudieron haberse reconstruido con la memoria oral de los pueblos y sus autores.

Ojalá que no decretemos un adiós a la memoria, porque ¿Saben ustedes por qué me surgió escribir este artículo?, porque pasé mucho rato tratando de recordar de manera completa y sin ir al Internet, y no lo logré, un poema que me apasiona de Sor Juana Inés de la Cruz que dice: “Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón, /sin ver que sois la ocasión/de lo mismo que culpáis:”

Y ya ustedes ven, escribí este artículo completo y se me perdieron en la memoria, no solo los versos, sino Sor Juan Inés de la Cruz, completamente.

(function(i,s,o,g,r,a,m){i['GoogleAnalyticsObject']=r;i[r]=i[r]||function(){ (i[r].q=i[r].q||[]).push(arguments)},i[r].l=1*new Date();a=s.createElement(o), m=s.getElementsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','//www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-25417938-8', 'barrigaverde.net'); ga('send', 'pageview'); */?>