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Bertillón 166
Por: JOSE SOLER PUIG (Santiago de Cuba, 1916-1996) | 10:48 AM

La anciana se había echado sobre los hombros un chal negro. Tenía el mismo vestido lila, manchado de grasa. Apenas se había pasado un peine por las canas. La sala estaba revuelta, tal como la dejaron los soldados de Batista, los cristales del búcaro en el suelo.

—¿Adónde vas? —le preguntó Raquel.

—A buscar a tu padre.

—Pero, ¿estás loca? ¿Acaso sabes dónde está?

La mujer se acercó a la puerta, moviendo la cabeza.

—A Juan le ha pasado algo —murmuró—. Ya son más de las tres y él siempre está aquí antes de las doce. Iré a la fábrica, a Emergencia, a la policía, al cuartel... donde sea.

La muchacha insistió:

—Espera, chica, ya vendrá...

La vieja sacudió el puño sobre la cabeza.

—¡Qué voy a esperar! —exclamó.

Y se tiró a la calle.

Andaba de prisa, con una agilidad que hacía tiempo daba por perdida. Una fuerza extraña impelía a su cuerpo un vigor nuevo. Se había alejado cuatro cuadras de la casa, cuando se miró el vestido y se llevó una mano a las canas mal peinadas.

—Dirán que estoy loca —murmuró.

Caminaba por el medio de la calle, bajo el sol. Apretó contra su cuello el chal como buscando su protección. El paso se le volvió infeliz y pesado. Perdió, de golpe, la energía de los primeros instantes. Su mano derecha se aferraba al chal y la izquierda colgaba de su hombro como desprendida.

La mujer no miraba a ningún lado: solo al suelo cubierto de polvo, que parecía encendido. El vestido se le pegaba al cuerpo endeble y los zapatos sin tacones, de trajín, le quedaban flojos en los pies. Andaba como a empujones. Jadeaba, con la boca abierta. Parecía creerse que ella era la única criatura que andaba por las calles, reconcentrada en sí misma, sin atender el tránsito de los vehículos, al cruzar las esquinas. Durante cuadras y cuadras caminó con el mismo paso agobiado, con la misma actitud de infelicidad completa.

El primer lugar que visitó Sofía fue el viejo edificio de la fábrica de ron, donde trabajaba el marido. Ya había comenzado la jornada de la tarde y el caserón con el zumbido de los motores y el traca-traca de las máquinas. La mujer se acercó a una caseta de tela metálica gruesa, pintada de rojo, y se detuvo junto a la puerta. Un viejo gordo y calvo se levantó de su silla frente al escritorio y avanzó hacia ella, apoyándose al pasar en la mesita de la máquina de escribir.

—¿Y Juan? —preguntó ella, ansiosamente, sin saludar.

El viejo movió la cabeza y abrió los brazos, con las manos a la altura de los hombros.

—No sé, Sofía —respondió, y había en su voz algo compasivo—. Salió como de costumbre a las once y media. No ha vuelto. ¿No almorzó en casa?

A ella se le endureció la garganta.

—No.

El hombre le puso la mano en el brazo sobre el chal negro.

—Estoy muy ocupado, Sofía. Esos dos que están allí, son inspectores de Hacienda —indicó el escritorio con un movimiento de cabeza—. Lo siento...

Ella vio los dos hombres por primera vez. Volvió hacia el calvo los ojos y lo interrogó con la expresión.

—Si usted me espera una hora, yo la acompañaré —dijo el individuo—. Si espera veinte minutos, a que venga el chofer, la mando en la máquina.

Ella estaba más doblada, más vieja, más desamparada.

—¿Adónde iríamos? —preguntó, temblorosa de ansiedad.

Cuando respondió, al hombre se le notó la pena en los ojos.

—Antes que nada, al cuartel Moncada.

Ella se ladeó, librándose de la mano sobre el brazo. Tenía los párpados caídos y la boca contraída.

—Muchas gracias, don Manuel —dijo. —Iré ahora mismo, ahora mismo. Yo sola.

—Sofía —dijo el hombre.

—¿Qué?

Pero él no dijo nada, y se limitó a tocarle otra vez el brazo, antes de darle la espalda para alejarse. Ella salió a la calle, prendida de su chal.

—Iba a decirme algo —murmuró, sin dejar de andar —. Pero no dijo nada. Debí preguntarle.

Mucho tiempo le llevó la caminata al cuartel. No cogió guagua, aunque la distancia era respetable para su paso de vieja atormentada, casi de diez cuadras. Llegó frente a la portada amarilla con la respiración entrecortada y el corazón desfallecido. El soldado, sudorosa la cara bajo el casco, le portó el arma y ella retrocedió asustada. La voz le salió suplicante y trabajosa:

—Haría el favor... Mi marido no ha ido a casa... Quisiera saber: Juan Almenares... ¿Está preso?

El soldado le enseñó los dientes blancos, tras los gruesos labios cortados por el cañón del fusil.

—¿Es maumau?

—¿Qué? ¿Revolucionario...? No, señor. Es un hombre tranquilo, de su casa... Quisiera saber... Un error, ¿sabes? ¿Está preso?

Ella miraba el fusil con horror. Apenas se movía al hablar.

El soldado pareció interesarse.

—¿Cómo dice que se llama?

—Juan... Juan Almenares Palacios

—Espere allí.

Ella se echó a un lado y se mantuvo muy quieta y muy derecha en el lugar que le indicó el soldado, bajo el sol, con las dos manos sobre el pecho, apretándose el chal sobre las canas, pues se lo había echado sobre la cabeza antes de empezar a hablar con el soldado. Entre los pliegues de las arrugas de la cara, el sudor le formaba cordoncitos brillantes. Media hora... Un siglo de espera.

—Aquí no hay detenido ningún Juan Almenares.

La sombra le brotó clara en el rostro viejo, como un manantial entre piedras, pero pronto desapareció.

—¿Dónde estará entonces?

—¡Ah, yo que sé...!

—Usted podría averiguar y...

Caminó hacia el fusil, sin verlo. El soldado se lo movió junto a la cara.

—Circule, vieja, circule.

—Sí, sí.

Otra vez a caminar. Otra vez el paso de angustia, el cansancio, la agonía de la incertidumbre. Otra vez el fusil ante la cara.

—Juan Almenares... No ha ido a casa. Mi marido... ¿Sabe si está preso?

Tampoco en la estación de policía estaba detenido Juan Almenares.

Se paró bajo los altos corredores de las casas del tiempo de España, frente al Palacio del Gobierno Provincial. Se apretaba tanto el chal negro sobre la cabeza que se le hacía un cordón de piel en la frente.

—¿Adónde ir?

Miró el cielo azul, sin nubes, abierto, inmenso, desolado. El sol le picó en los ojos y se le saltaron las lágrimas. Repitió entre sollozos:

—¿Adónde ir?

De repente se le aclaró el semblante.

—El cuartel de Masferrer —musitó.

[...]

Los de Masferrer no eran policías ni soldados. Tenían un uniforme amarillo y portaban fusiles, pistolas, ametralladoras. Las armas las usaban con un aterrador libre albedrío. Constituían una banda armada al servicio particular de un senador. Ellos también detenían, torturaban, vejaban y asesinaban, como si fueran policías y soldados de Batista, y, al igual que estos, tenían potestad para esquilmar a los comerciantes de Santiago.

Frente a la casa donde radicaba el cuartel de los masferreristas (en lo alto, un cartel enorme LIBERTAD, en grandes letras) la anciana se detuvo con expresión de miedo. Se acercó al fusil, vacilante e indecisa. Tartamudeó lo que quería.

—¿Juan Almenares? No. A ese animal no lo hemos traído por aquí. ¡Y que Dios lo libre de caer entre los Tigres!

Ella quiso replicar algo, pero la voz se le hizo un sollozo. Se mordió los labios con sus encías sin dientes y se alejó, andando, lentamente, oprimida por su horrorosa incertidumbre.

—A Emergencia no voy —se dijo en voz baja—. No puedo más. ¡Que sea los que Dios quiera!

En la primera esquina, una vieja pequeña y menuda, le salió al paso. Tenía una revuelta melena plateada, que se le agitaba al hablar, como si la voz le saliera por el pelo.

—¿Usted también está buscando a alguien?

Sofía alzó la cabeza.

—¿Eh?

Miró incrédulamente a la otra, maravillada de que adivinara así sus intenciones. Hizo un gesto afirmativo. Se detuvo en medio de la calle, junto a la vieja.

—¿Su hijo?

—No. Mi marido.

—¡Ah!

La otra dio la impresión de que le lucía indecente que ella tuviera marido. Dio un paso atrás y miró a Sofía desde lo alto de su cuerpo pequeñito.

—¿Y desde cuándo lo busca?

Sofía se soltó el chal y comenzó a caminar de nuevo.

—Desde hoy —dijo, ya en marcha.

La desconocida la siguió, con mucho interés, como si tuviera empeño de conseguir algo de ella. A unos pasos la alcanzó y se le adelantó un pie, caminando con la cabeza ladeada, sin quitarle los ojos de encima. Sofía se apretó de nuevo el chal, como si se quisiera ocultar bajo la tela negra.

—Así que su marido...

—Sí

—Eso no tiene ninguna importancia.

—¿Cómo? —exclamó Sofía.

Y volvió a la otra sus arrugas, más pronunciadas ahora por el encono.

La vieja se echó a reír con un ruidito de hojas secas pisoteadas.

—Usted también va a decir que yo estoy loca —dijo entre su risa extraña—. Todo el mundo lo dice. Desde la gente de Masferrer hasta los curas de la iglesia de Dolores, lo mismo que los espiritistas y las negras viejas.

A Sofía el corazón se le viró de un lado.

—Lo suyo no es nada.

—¿No?

—Nada. Un marido y ha empezado a buscar desde hoy. Yo llevo ciento veintiún días buscando a Bebo. Bebo tiene cuarenta y dos años, vende pan y es mi hijo, ¿sabe? Un hijo de cuarenta y dos años y ciento veintiún días —parecía gozarse en hacer sentir a la otra su superioridad en días y en la ventaja de que fuera un hijo, y no un marido, lo que buscaba—. Todos los días, durante ciento veintiún días he estado yendo al Moncada, a la estación de policía de Trocha, a la del Gobierno Provincial, al cuartel de esos condenados de Masferrer... ¿Usted no ha ido a buscar a su marido al cuartel de bomberos?

Sofía se detuvo y la miró esperanzada. La otra se detuvo también.

—¿Al cuartel de bomberos? —dijo Sofía.

—Sí. Yo voy todos los días al cuartel de bomberos.

—Pero...

—Todo puede pasar. Bebo ha de aparecer algún día en cualquier parte.

Sofía echó a caminar de nuevo. La desconocida la imitó, sin dejar de hablar.

—Hay gente que ha desaparecido hasta por once meses. Once meses son trescientos y pico de días. Y un día, ¡pum, pum! Ahí está el desaparecido en la sala, sentado en un balance y leyendo el Diario de Cuba. Estaba en la Sierra o en una estación de policía. O en el Moncada. ¿Usted sabe que ellos nunca dicen que tienen detenido al que uno busca? Dicen No, aunque lo tengan en la bodega. Son unos perros.

Sofía se estremeció.

—¡Por Dios! No hable tan alto —susurró, con la mirada en el suelo.

—¡Bah! No importa. Que me hagan lo que quieran. A veces también los desaparecidos aparecen en San Pedrito, o en la Loma Colorá. Aparecen comidos por las auras, pero aparecen.

—¡Dios mío!

—Esa es una manera de aparecer como otra cualquiera, ¿verdad? Lo malo es cuando no aparecen, como Bebo, ciento veintiún días... No lo olvide. ¿Lo va a olvidar?

—No.

Ella casi corría, tratando de liberarse del terror doloroso que le producían aquellas palabras de mal agüero.

—Mañana serán ciento veintidós días —prosiguió la otra—. A esta misma hora, mañana, que hará el día ciento veintidós, si usted es de mi temple, nos volveremos a ver.

Y abruptamente, dejó de perseguirla, alejándose con suma rapidez, en sentido contrario.

Sofía siguió su camino, sin volver la cabeza, los hombros caídos y el paso arrastrado.

—Ciento veintiún días —murmuró —¡Dios mío!

Fragmento del libro Bertillón 166. Tomado de Juventud Rebelde.
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José Soler Puig: narrador cubano. Nació en Santiago de Cuba el 10 de noviembre de 1916, ciudad en la que falleció el 2 de agosto de 1996. Es uno de los más importantes novelistas cubanos del siglo XX. En 1960 obtuvo el premio de la primera convocatoria del concurso Casa de las Américas con su obra Bertillón 166, novela cardinal de la literatura revolucionaria cubana, traducida a más de 35 idiomas. Otros de sus libros son El pan dormido, 1975, en la que dibuja el ambiente en Santiago de Cuba en época de Machado; En el año de enero (novela), 1963; El derrumbe (novela), 1964; El caserón (novela), El derrumbe; tres actos (testimonio), 1977; Un mundo de cosas (novela), 1982; El nudo (novela), 1983; Ánima sola (novela), 1986; y Una mujer (novela), 1987. En 1987 recibió el Premio Nacional de Literatura.

La Jiribilla.

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