Viernes  20 de Julio de 2018 | Última actualización 11:11 AM
El Sancocho
Por: JOSÉ DANILO DOMÍNGUEZ | 7:29 PM

Momón Cadena fue el que se robó los patos. El arroz a esa hora, 12 de la noche, nos lo obsequiaron en la factoría Melo. Los víveres iban apareciendo en el camino según seguía su marcha la serenata. Esa noche no hubo muchacha del pueblo que se salvara.

En la casa de Magnolia Suazo, trataron de bautizarla arrojándonos una bacinilla de orina fermentada. El canto y la poesía se hermanaban al ruego taciturno, al requerimiento y los requiebros de una adolescencia encendida por las hormonas, y activada por el licor amargo de las penas y el amor no correspondido.

La pléyade de cantantes se hacia interminable. Los más notables Frank Estepan, Milciades Bautista, Ramón Valenzuela (El Tenor), Sigfredo Piña y otros. La música la dirigía el siempre infaltable Marco Fortuna, con su bandoneón; Rafael Montilla con su violín y el Evangélico con su guitarra. Yo, naturalmente, la declamación.

En aquel jolgorio los debates por establecer la ruta eran interminables, pero el silencio más absoluto reinaba ante la voz estertórea del canto lastimero a la ventana de la mujer amada: "Cantan las mirlas de mil colores, su alegre canto al rayar el día, canta alegre los ruiseñores, cantan alegres los ruiseñores y se despierta la amada mía". Y después la poesía: "Este es el muro y en tu ventana, dejé mis versos una mañana, una mañana de primavera, dejé mis versos en que decía con frase ingenua cuitas de amor, dejé mis versos en que decía muchacha linda cuánto te quiero".

Otras veces se mencionaba el nombre: "Eugenia Recio, cuánto te quiero", que en esa noche se convertían en interminables: Celeste, Mary, Maribel, Amarilis, Evangelina, Hipólita... "Canto al pie de tu ventana, pa’ decirte que te quiero, tú a mi no me quieres nada, pero yo por ti me muero", y las botellas de alcohol en un eterno ir y venir hasta que apareció Guillermo Estepan, el hermano de Frank, y esposo de Providencia Montes de Oca. A partir de ahí la serenata tomó otro camino. Se afinaron los instrumentos, se escogieron las canciones de manera más selectiva, y comenzó el afinamiento de la voz y el coro. Alguien, quizás tímidamente, tal vez a manera de comentario, como si musitara entre dientes dijo:

-"Tengo hambre".

Y después de inspeccionar el aprovisionamiento y comprobando que había de todo, Guillermo Estepan a modo de sugerencia, que a mi me pareció una orden, dijo:

-"A mi casa, vamos a hacer un sancocho, que cocine Provi".

-"Que cocine Provi", respondió el coro, ya más afinado, como si fuera una canción.

A la puerta de la casa de Providencia las canciones de María Grever a tres voces superaba los cantos gregorianos en sus mejores tiempos, aquello era un murmullo de cielo acurrucado en el oído que brotaba desde los más hondo del corazón como las lágrimas cuando se niegan a aparecer en la ventana de los ojos, quizás oteando el horizonte para encontrar el cielo. La voz de Provi se oyó como un estruendo:

-"Se van todos de ahí, hijos de la...".

-"Pero Provi, soy yo", le respondió Guillermo, "levántate, para que hagas un sancocho".

Lo de Sodoma y Gomorra se le quedó pequeño a aquella declaratoria de guerra, matizada de insultos, realizada por Providencia Montes de Oca; lo último que se le oyó decir fue:

-"Vete para donde la vagamunda donde estabas, para que te haga el sancocho".

De pronto, la actitud de Guillermo Estepan cambió.

-"Rodeen la casa", nos dijo, cosa que todos fuimos a hacer frente a la insistencia de Guillermo.

-"Mi mujer tiene a otro hombre metido dentro de la casa, que no salga por atrás ni por la ventana".

Los vecinos comenzaron a salir, entre ellos Francisquillo, tan bohemio como guerrero, que vivía al frente quien gritó:

-"Si no abre es porque hay otro hombre ahí... yo me lo sospechaba desde hace tiempo".

La gente se fue apostando alrededor de la calle, ahora venían con silla, ya sabían que aquello era para largo.

Y Providencia abrió la puerta, derrotada por el reclamo de los propios vecinos y de la multitud que se agolpaba al frente de su casa. Guillermo buscó y rebuscó, naturalmente, sin encontrar nada.

-"Tú eres cómplice, me dijo, lo dejaste salir por la ventana".

-"Yo lo ví", dijo Francisquito, sin ver nada. Y hasta hizo una descripción minuciosa del individuo, que primero era rubio y después de cabello negro, en una vez alto y en otra bajito, de nariz achatada primero y luego perfilada.

Así las cosas se sucedían hasta que Providencia, como mujer que es además de bella, gran esposa y mejor madre se resigno a su destino, y les puedo decir que aquel fue el mejor sancocho que me he comido en muchos años.

Hola Danilo, cuanto he disfrutado este relato, me ha encantado, y la hija mayor de Guillermo y Providencia, también, ella quiere conocerte así, que espero que me avises donde se te puede localizar, mi teléfono es 809-530-0784 espero tu llamada y que continúen las anécdotas que son muchas las que tienes que contar. Un abrazo.

Victoria Montes de Oca , Santo Domingo, D.N.

La magia de la comunicacion se impone. Fraternales saludos para tí y Flia. Carmen Villegas me llama y me dice: "En "Barriga Verde" salió tu nombre, me lo dijo mi hermana Sandra desde EEUU". Unos minutos despues leia tu escrito y lo he difrutado como no te lo inmaginas. Mis felicitaciones y un fuerte abrazo.

Magnolia Suazo , Santo Domingo.
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