Martes  16 de Enero de 2018 | Última actualización 06:30 AM
El papelito que no leyó Lilis (2)
Por: RAFAEL PERCIVAL PEÑA | 5:01 PM

2 de 2

Le encantaba que lo adularan y le hicieran coro, era un abstemio natural, no se bebía un solo trago, y no les dispensaba posiciones entre los borrachos a sus amigos, compartía con el esmerado nácar del populacho pero no con sus vicios, haciéndole homenaje de los ritos africanos donde se embadurnaba la pestilencia de las bodegas de los galeones, desde donde muy lejos habían sido transportado del continente negro, África, a sus antepasados pasando las de Caín, con poca agua, nada de comer y defecando en una vasija de madera los hombres, las mujeres y los niños. Él sabía todas esas vainas y se las cobraba a los blanquitos de poquito a poquito… inclusive a la francesita, blanquita del 19 de julio, antes de partir del puerto de Santo Domingo para Sánchez, vapor Independencia.

A la francesita blanquita esa, la noche entera se la pasó dando tuza, que no la mató por su parte de milagro.

El sabía que se iba a joder también. Pero el que se va a joder no piensa, como también el mal comío no piensa, como dice un argot muy popular dominicano. Lo sabía Món Cáceres y después Trujillo, pero no sabían ni cuando ni cómo. ¡Lilís "hedía" a distancia a muerto! Y él no se daba cuenta. De todos modos, no había forma de echar para atrás la vaina de su viaje al Cibao. Amaneció esa mañana de buen humor y caía una llovizna tropical deseándole suerte a las flores y los patos de los patios. Ni se acordaba de nada del brujo. La pasión por las blanca le hicieron olvidar con el sudor de las sabanas blancas de alcoba, donde los empujones sórdidos de la cama estremecieron el piso de abajo de madera la noche anterior, planchando a ¡gritos de cólicos vaginales! a la rubita francesa que se lambió anoche, dándole tuza. Toditica… la noche la pasó alegre del tigre enjaulado, como un toro Cebú en su corral.

-¡Eso es vida!, le musitó entre los labios al jefe de su escolta, poniendo el pie del estribo para dirigirse al puerto para tomar el barco con la silueta angosta de nunca regresar de la hora incierta de la muerte.

-¡Coño, por eso me la he jugado! Y total compadre, uno lo único que se lleva son esas vainas, esas rap… carnales de la cama. ¡Acaso no soy yo, el chivo que más mea en este corral! Ahhhh, y tengo en jaque al paisito este entero, pacificándolo esta vaina a la gente de los cuartos, con las dos ‘P’: “Con plomo y pluma”. Exiliando al que me de la gana. Pero tengo que ir a conquistar el amor y buena voluntad de los hombres más agresivo del Cibao, con eso no se puede jugar. Son bravucones por necesidad, inconformes, esa gente son espantaos, activos y subversivos de la baja y mediana burguesía. ¡Vamos a pasarle la mano al toro y torearlo un poco!, compadre.

-Pero compai… tenga cuidao con esa gente, aplíquele la misma medida que le dio Cesáreo Guillermo o la de Luis Pecunia, su cuñado, para que se curen de verdad, a usted lo ampara un decretito del 30 de mayo (“paradoja del destino, la misma fecha que le rompieron el cocote a Chapita”) que le dio el curita Presidente, “pa”romperle el cocote a todo el que usted encuentre con “hierro” en la mano.

Eso fue lo que hizo usted en el este, después de la carta que usted le escribió al Cura Presidente dándole los pormenores de las vainas de la victoria sobre Cesáreo y el grupo de poeta. Después que usted mismo se curó, llorando la agonía de la yegua rucia que le mataron en el combate y sacándose usted mismo un plomazo del cuello, que tenía en el pescuezo que se salvó en tablita. Es verdad que usted está “untao” o la virgen de Altagracia siempre anda con usted, compadre.

-Esa fiesta se hizo bien persiguiendo a todos los que desembarcaron y Cesáreo se salvó porque se “plumeó”, cogiendo la de “villa Diego”, en esa oportunidad, por venir a ser una revolución con poetas. ¡Oiga esa vaina…. que coj…! En esa misiva le mandé a decir al curita Meriño, que capturamos varios prisioneros de distintas nacionalidades: puertorriqueños, españoles, franceses, y le pidió instrucciones al Presidente Meriño para fusilar a los invasores, si convenía a la diplomacia con España y Francia etc…

-Compadre, déle la misma medicina que le dio a su cuñado Luís Pecunia.
¡Esa si es buena! Un tiro en la nuca para que los otros no le duelan ¡con esa gente, hay que andar rápido y espantao! Ya uno no puede jugar con eso. Hubo uno de ellos, cuando las vainas del fanita en la línea me dijeron… que dijo hace unos años: “o construimos un ferrocarril o tumbamos a Lilís”. Y después vino el jodio barco ese. El Fanita, al principio de junio del 1898. Y tuvimos que darle candela a toda la gente de Jiménez. Por tanto, compadre, dice Lilís, “hay que ir al conuco y echarle un poquito de agua… para ver si se amansan las ovejas… el que se me mueva mucho me lo lambo. Le respondió al compadre.

-Asina, mismo… fuete con ellos. Porque aquí hay muchísima gente planeando quitarlo del medio. Pero ellos sabrán,

-¡Coño, lo que es un puerco rascarse en jabilla; que se dejen de esa pendejadas! Todo el mundo sabía que tenía los juegos pesados y el humor agrio el negro del carajo ese.

Inclusive llamé al “profesorcito” ese de Hostos y le “pelé bien el plátano de arriba abajo” y que se largara del país, sino quería ajustarse a mis vainas. En esa entrevista Lilís osó decirle al maestro Eugenio María de Hostos cuando llegó al Palacio Presidencial, al entrar a su oficina: ”QUE DICE EL TELLERAND DOMINICANO, AQUÍ LO RECIBE, EL NAPOLEON DOMINICANO”. EL MAESTRO HOSTOS RIPOSTÓ: ¡NI USTED ES NAPOLEÓN NI YO SOY TELLERAND!, tirándole el primer balde de agua fría a la conversación cuando se iba a iniciar.

El genio iracundo de la verdadera independencia, el temible incansable perseguidor de los españoles, que se forjó con el “hierro” burdo de sus timbales en la Restauración. El que no perdonaba españoles, y les partía en cuatro el pescuezo. El que se llevó al “Cid negro” de Suero en el paso del muerto. Y frenó y fijó al Marqués de las Carreras en el sillón de la viuda en Guanuma. Fue el prohijador de Lilís, bajo su ala se cobijó sacándolo detrás de un mostrador de pulpero en Puerto Plata. Esa son las vainas de la vida que uno no entiende de este país.

Hilarión Lebert, hijo furtivo de un capitán de goleta Dassa Heureaux y una morena, Josefa Lebert, de vida alegre y de fundillo ampuloso y caliente, engendrado en una jurunela del puerto de Puerto Plata. Aprendió a conocer a los hombres por la pinta de los ojos y los gestos de las manos. Dejando descansar el carácter ligero de los machos desde muy temprano y oyendo la voz afecta de los montados, soportaba la carga del macuto de los resentidos sociales. Desde que Luperón lo recogió de una pulpería para llevarlo a la gloria de la guerra y el éxito de la política.

Varias amantes, de un total de diez que tenía en los diferentes pueblos, se soñaron bailando en un “sarao”, hartándose de carne, cayéndosele los dientes en pesadilla espantosa de violencia extrema, presagiando un mal agüero. Esa son mierdas de mujeres babosas...

-Compadre usted más que nadie sabe... lo que quieren. Con cuentito de guardia viejo, estaba harto de hacerle trampa a las vainas de esta vida, y escondérsele al destino, que lo perseguía constante con su voluntad divina. Agotado de esquivar la muerte y también de propinarla se creía como el verdadero Dios sobre la tierra. Nadie se le escabulle al destino, todo el mundo tiene su hora. Pero se empecinaba en olvidar los vaticinios de sus mujeres, y la de su brujo de cabecera y los informes de sus calieses.

Lilís, tras su viaje en el vapor Independencia, puso pie en Sánchez el 24 de julio, inmediatamente un calié le musitó en el oído entregándole un papelito diciendo: “Cuídese en moca del hijo de Memé!! A lo que respondió Lilís: “Pero si yo descojoné al que mató a su papá, eso no lo creo. Bahhhhhhh.... basura... paradoja del destino, inmediatamente despachó su escolta para que continuara en el vapor hasta Puerto Plata y lo esperarán en la ciudad del encantado del Atlántico. Su trayecto jovial en el tren lo realizó degustando y edulcorando el paisaje irredento de los campos, sin saber que la aguja del reloj estaba en su contra.

La zalamerías ampulosas de adulaciones, como lo recibían, eso si le encantaba al negro Presidente. Llegó a la Vega en las auroras del inmenso sol, el mismo día 24 de julio. Zoilo G. García, Gobernador de la Vega, lo recibió con estridente ditirambo, recogiendo a todos los comerciantes de la Vega y San Francisco. Acantonándolo para vetar el surrealismo de las papeletas oníricas de Lilís. Se entró en acuerdo entre las partes de los comerciantes y se firmó un contrato de préstamo de cien mil pesos, pegándole candela públicamente en el parque. Lo mismo se pensaba hacer en Moca, Santiago, y Puerto Plata, terminada la parafernalia lucrativa del pueblo santurrón.

El comandante de la plaza le ofreció escolta para acompañarlo hasta su otro punto de destino. El dictador espetó: "mire General, los machos se conocen por la cantidad de hombres que tienen sus escoltas". Otro papelito llegó a la Vega por cable telegráfico desde la capital, de su compadre Lolo Pichardo, pronosticando tramas y conjuras de los informes que le llegaban a diarios de sus calieses. Pero el que se va a joder no piensa.

Al llegar al sitio de la tierra negra del Cibao, el Gobernador de Moca, Guarín González y el capitán Demetrio Rodríguez lo escoltaron hasta donde se disponía a pernoctar, en la casa de Carlos María Rojas. Era la última noche de su vida y el no lo sabía, pero si presentía el “jodío fucú”, que no se le despegaba detrás desde que salió de la Primada. Por la noche, le hicieron una fiesta en su honor de bienvenida en el Club, en pleno “Sarao encendío”, hasta que amanezca, preguntó:

-¿Donde está el muchacho ése, hijo de Memén, de quién tanto me han hablado?

-Es aquel que lo está mirando a usted presidente.

En realidad, Món no le había perdido ni pie ni pisá, a su sombra desde que llegó a Moca.

-¡Carajo, no me gusta como ese carajito me mira!

Lilís conocedor de los hombres por la pinta de los ojos y los gestos de la mano, explotó para enfrentar el reto.

-Preséntamelo, ese es el hijo del difunto Memé Cáceres, tráiganlo para acá, pues vamos a enfrentarlo de tú a tú para decidir esta vaina rápido. Yo quería mucho a tu padre, le dice Lilís. Ahhhhh... Ah, sí... asiente Mon, nervioso... le dijo el joven mirando como un puerco hacia el suelo. La bulla del “Sarao” no permitía fraternizar más en la conversación del Presidente y sus palabras se perdían por el sonido encendío del “Perico Ripiao’”, entre el acordeón, la güira y la tambora.

El grupo de los conjurados tomó la decisión de no actuar por la cantidad de gente dentro del Club. Mon se molestó y se retiró, se sentó en el sofá y le dijo a su madre Remigia: “¡Coño Mamá, ese negro no sale vivo de aquí!”

En los primeros albores del despunte del alba, y el desplumaje del aleteo del canto de los gallos, llegó el miércoles con una ligera llovizna donde el ¨chivo¨, Manuel Rodríguez, había realizado sus crueles abusos en época de la Restauración. El dictador se levantó embadurnado de perfume y vestido impecable. Comió su desayuno y se reunió con los comerciantes tras un último desacuerdo entre las partes que tuvieron que rehacer el contrato de nuevo, y firmarlo a las dos de la tarde. Llegó un correo con otro papelito que le enviaba una de sus amantes, ‘La cigua’, dándole todos los pormenores del plan de la última trama. Cogió el papelito y se lo metió en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Y dijo: ¡Vainas de mujeres pidiendo cuartos! El reloj de Moca marcaba los tres y quince minutos, del 26 de julio de 1899.

Lilís entró al negocio de su amigo Jaboco Lara, su hijo todavía imberbe, con la celeridad de no soportar a tener paciencia requerida para el momento, la imprudencia lo acariciaba más que la desesperación de sus dieciséis años, sacó un trabuco debajo del mostrador y el tirano preguntó: ¡Coño, pa’ qué es eso mi hijo! No terminó la O del coño que faltaba cuando sonó la explosión y el rocío de pólvora negra seca alrededor de todo el que se encontraba adentro del negocio. Lilís sólo atinó a cubrirse el rostro cuando la oreja izquierda voló por el aire, acariciando la bala su cuello. Inmediatamente, Món, como un Halcón cetrero, se lanzó sobre él, que le venía siguiendo la sombra y entró dizque a comprar unos zapatos a la tienda y lo remató con cinco descargas comiéndole la espalda.

-“¡PARATE AHÍ!. TÚ NO ESTAS DIQUE “UNTAO”, decía Món Cáceres, sin fallar un solo tiro de los cinco que le metió al cuerpo de Lilís, a quemarropa.

Al dar la vuelta, Lilís con los ojos vidriosos, buscando la repuesta de los que se montan. Solo dijo: “¡MUCHACHO DEL CARAJO NO ME MATES!”, pero ya tenía cinco petacazos en el tórax, se había convertido en ciguapa, tratando de ver atrás y adelante al mismo tiempo. Buscaba los ojos de quién había disparado tantas veces sobre su cuerpo.

Conmovido por el ataque sorpresivo que no le dio tiempo a nada, reconoció la sentencia divina que le bajó del cielo, el trabajo motor de su autodefensas cerebrales ordenaban a sus miembros superiores, desenfundar, cuando sus piernas flaqueaban y se recostaba a una mata de Guásuma, disparando dos veces y se llevó a un mendigo transeúnte de por medio. José Brache, comilitón firmante del contrato y amigo de Hereaux, lo remató en el suelo descargando el “pata de mulo” de cachafú que llevaba en el cinto, pero ya estaba hacia rato en el más allá, hablando con sus antepasados africanos. Rafael Leonidas Trujillo tenía ocho añitos cumplidos cuando sucedió este hecho en Moca. Y veinte cuando jodieron “a Món en el mismito camino que se lo iban a lamber a él también.

(function(i,s,o,g,r,a,m){i['GoogleAnalyticsObject']=r;i[r]=i[r]||function(){ (i[r].q=i[r].q||[]).push(arguments)},i[r].l=1*new Date();a=s.createElement(o), m=s.getElementsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','//www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-25417938-8', 'barrigaverde.net'); ga('send', 'pageview'); */?>