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El papelito que no leyó Lilis (1)
Por: RAFAEL PERCIVAL PEÑA | 5:00 PM

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Cuando Jacobito Lara en Moca apoyó su carabina de bronce en el mostrador la pólvora negra se rocío y la bala salió escupida del cañón, soplándole el primer petacazo a Lilís, haciéndole perder el equilibrio y el cuadre monumental de Presidente en su vil truculencia de su destino pretencioso.

Su cabeza se estremeció por la explosión, volándole la oreja izquierda, rozándole el cuello con el disparo y arrugándole el fino traje de rayita que se estrenaba en esa ocasión.

Lilís, ese día de Santa Ana, 26 de julio de 1899, embadurnado hasta la madre con un perfume francés, se convirtió rápidamente en una ciguapa cañera “con candela por delante y fuego por detrás”. Cinco vejigazos más sonaron comiéndole el cuerpo al negro semental que se creyó que había nacido para semilla.

Disparado a corta distancia del “cachafú” humeante de Món Cáceres, lo ayudaron a perder el cuadre por completo. En el último respiro de su vida, de un suspiro profundo de su truculenta vida, atinó apoyarse de una mata de guásuma, logrando desenfundar y largar dos petacazos antes de que se le quebraran las piernas llevándose a un octogenario mendigo que momentos antes le pedía par de “clavao”.

Jacobito jamás pensó que su presa también fue pulpero de un mostrador de la casa de Monsieur Dumbrose en la novia del Atlántico.

La ampolla que tenía Ulises Hereaux en su pie izquierdo, era un lastre viejo que databa de un proceso del 1868 de la guerra de lo seis años en contra de Báez. El mismo año que se firmaba el pacto de Zanjón en Cuba, después que Máximo Gómez le aplicó la “Campaña de la Tea incendiaria” para darles candela a todos los ingenios y cañaverales para debilitar el Gobierno Colonial y llevarlo a las mesas de las negociaciones.

En 1868, Báez firmó y realizó el contrato más oneroso en toda nuestra historia para entregarle el DIAMANTE OCULTO (Samaná) de la isla a la gente del norte y se hundió más en el pozo de la desvergüenza como el paladín, el anexionismo, cuando se olvidó retirarle los poderes para vender bonos y contratar plácidamente en nombre de la República.

Veinte años después esos bonos de la Harmount pasaron a la compañía holandesa Westendorp, a la cual se le autorizó vender bonos por más de un millón y medio de libras esterlinas, agravándose ese proceso.

Hereaux aceptó en su formación inculta e impetuosa que los derechos de la Westendorp pasaran a manos de un grupo norteamericano que se organizó bajo el nombre de “Santo Domingo Improvement Company”, en el año 1890.

Ese fue el principio de varios acontecimientos sucesivos trágico en la larga cadena de desgracia de la vida política, económica y social de la República, lo que conllevó finalmente a la intervención militar norteamericana cuando finalmente Món Cáceres firmó la convención Dominico-Americana en el 1907. Realizada por el abogado Pelegrin Castillo.

En adición a todo esto, lo que finalmente convocó al casamiento de la muerte de Lilís fueron las emisiones de billetes y monedas metálicas de baja ley. Que se tornó de pronto en la situación más grave y produjeron protestas llegando en algunos casos al fusilamiento, pensando todo el mundo que el país iba en una dirección al borde del colapso y desastre completo.

Esta situación llevó a las capas superiores burguesas a planear y ejecutar un plan conspirativo para salir de él, por dos medios: Primero el de la vía del levantamiento armado pero esta vía había sido truncada por él mismo, y segundo, la del atentado político.

Eran de las cosas que Lilís comenzó arrastrar a su larga cadena oxidada del descontento de las tres capas sociales de la nación, sin poder escapar del ambiente social en que se vivía y por su parte, buscando la esperanza deslumbrada de los escolares en un paseo matinal sin retorno.

Despertó ese trágico día para él, despuntando el alba y su problema se levantó con él. Lo inquietaba algo y no sabía qué. Ni lo satisfizo nada, miraba el río Ozama en sus inmensas aguas compartiendo la ternura dócil del líquido sutil de agua y el cielo azulado. Se quedaba ratos viendo las nubes pasar, tratando de ver más allá en lontananza sideral del acontecer adoquinado de la ciudad intramuros.

En su mente supersticiosa de brujo, convivía con la idea de persecución continua de un “Fucú” tártaro que lo requería en todas partes. Buscando explicaciones ¿Qué… quién coño le había echado esa vaina?, y no encontraba su repuesta. Se sumergía en sus cavilaciones en el inmenso océano de sus perturbaciones atrapadas sin poder salir de la jaula, como si le lastimara el parir de una burra en medio de un lodazar, que era lo que más le encantaba ver.

¡Tráeme al brujo del coño ese! El que me ensalmó la última vez. Antes de irme a jalarme los moños en el encabado. Cuando le di hasta con el cubo del agua… ¡con el carajo de la mierda ése! ¿Cómo se llamaba? Se me salvó en tablita. El que cogió el monte… y huyó despavorido en la expedición ésa que tenía mucha gente, de ésa que le gustan hablar cantando… poetas y pocos de guerreros. Y después en otra ocasión él mismo se descojonó… ese que dijo ¡Presidente o gusano! Ahhhhhhh… Cesáreo Guillermo.

Mientras Lilís se ponía sus botas y las espuelas de montar, masticaba un pedazo de cazabe azuano que le enviaba su hijita Rosa, quien se la había pintado a Juana Ogando en sus andanzas de fogosidad sexual, dando tuza a diestra y siniestra por el Sur, a todo el que le pasara por el lado en sus jolgorios de vulgaridades, de reyerta de amor y placer de la vida licenciosa de bragueta que solía vivir.

Lucía como un Guaganagarix trópical cualquiera, montando hembras dentro de cualquier matorral.

Le encantaba jugar al peligro, coqueteaba con él, como si fuera una braza encendida y la pasaba de mano en mano, pero ni reprendía quedándose inmutable frente a estar siempre en el columpio de la muerte, en el sentido del trapecista saltimbanqui, en ese hilo del desprecio de la vida y amor a la muerte cuando en la consulta del brujo, se le pronosticó, ¡una vaina que le contrajo el alma!

-¡Coño hasta aquí llegue, me voy a joder!

-Asina mismo es, le dijo el brujo, asina mismo es Lilís.

-No me contradigas, las cartas, las velas y el vaso de agua dicen la misma vaina.

-Cuídese coño, que se lo van a llevar, pa llá”, no vaya… usted no va a regresar…vete a la mierda brujo maricón… lárgate donde no te vea, dijo Lilís.

-¡MIRA CARAJO, VETE AHORA MISMO DE AQUÍ, TU NO SABE QUE YO ESTOY UNTAO DE UN BRUJO DE HAITI!

-Sí, pero, dice el brujo mordiendo el tabaco que tenia en la boca sin encender, Lilís, pero acuérdate lo que le pasó a Pedro Florentino, ¿él también estaba untao? Y… qué pasó?, le dieron un cajetazo durmiendo. ¡Y ése si que estaba untaó de verdad! Usted sabe muy bien como lo “jodieron”; lo “fuñeron” durmiendo… Cuando uno está untao. Esa vaina no funciona así, uno se jode como quiera, durmiendo, montando hembra, en fin… y asina es… te van a joder, murmuró con voz aflautada y mortuoria el brujo… Pero el que se va a joder no piensa y el que vive en esas vainas del poder rompiendo ‘pescuezo y montando hembras”, lo viven velando. ¡Coño, tienes que cuidarte!, insistía el brujo… Lilís lo fulminó con una mirada torva, pero él tomó la rienda de la mula mañosa y tosca que era.

Como ánima que lleva Satanás, trataba el brujo de salir de la habitación donde se encontraba con Lilís. En su mente supersticiosa de brujo “tártaro”.

-Cuídate y hazme caso… Por último le dijo a Lilís: ¡Te van a jodeeeeeer!

-No me jodas, respondió Lilís, derrumbándose en una silla, sentado mirando a lo lejos envuelto en un silencio pastoso y agrio, su semblante descompuesto y atrincherado en el cantón del “Encabao y Porquero”, con un pesar como nunca antes, se podía notar desde lejos en su semblante descompuesto la Guadaña de la muerte en la cual él se transportaba desde hacía mucho tiempo, solamente él se apoyaba y dejaba de parecerse a si mismo, con el pronóstico de la consulta de aquel bellaco de la magia negra.

Repetía y repetía diciéndole:

-¡Ensalme otra vez, coño!

-¡Ya tú no coges más ensalme. Lilís. ¡El aroma sutil de ese encanto pasó y tú no quieres entender! Y la vaina que te hiciste en Haití dizque para estar ‘untao’ no funciona ya, te lo he dicho mil veces. ¡Te vas a joder por cabezú! Tú eres más terco que una mula mañosa parida.

El negro Presidente sudaba por dentro y por fuera, destilando una hiel amarga y sórdida, por la sorna de la misma de los burdeles del atlántico que en sus años mozos solía visitar y que por gracia de pirata abusador, deseaba tirarse de un solo bocado a todo el que andaba con una falda puesta.

Nunca se sacudió por las emociones calientes del combate, en ello actuaba sereno e inmutable como si amara la nigromancia de sus encantos con el machete en la mano. Como si le hubiera aterrizado un “Corto Circuito” en el alma, ¡Maldita vaina esta! cavilaba en su silencio de iguana sureña.

Su cuerpo gastado como una lima vieja, musitaba por dentro de las heridas que le habían infringido con anterioridad: 12 de armas blancas y 5 de fuego de pólvora a “boca de jarro”, con el plomo dentro de su cuerpo. La mano derecha se encontraba lisiada.

Sabía por dentro que sus heridas eran del alma, nadie se había atrevido a “decarajearlo” jamás, y pocas veces contemporizaba por necesidad. En su rosario de ideas no existía la indulgencia ni la tolerancia, el que se pasaba de la raya le partía el pescuezo en cuatro.

Era una bestia, brutal e irreflexiva, sin importarles los méritos de nadie. Todas esas adulaciones zalameras empalagosa tendrían sus consecuencias en un muy corto plazo. Tendría en sus manos como nadie el poder, desde donde de un plumazo exiliaba al que le daba la santa gana, fusilar sin contemplaciones amigos y enemigos, no importaba el sexo y color de la piel, inclusive gentes con méritos bien ganados, eso para él era un simple bagazo de caña disparado por la parte de atrás de un burro Neibero.

Su tremenda voluntad avasallante, sus patrones violentos en la refriega sexual con su conducta de bragueta, nunca les sacudieron las emociones en la guerra, su serenidad era espantosa en los combates, su calibre personal de valor, no se alteraba ni se encrespaba ni reprendía quedándose inmutable frente al colmillo, peligrosa de la situación en la que se hallaba. Su destreza excepcionales de dominar el público en su hablar, concebido por el dominio de un mostrador de ex-pulpero para quedarse siempre con lo ajeno.

Poseía las cualidades inéditas de dominar tres idiomas, y el mote de “baña perro” desde muy joven, en ocasiones se permitía ungirse de gran disimulador tras la máscara aquella de que el negro era bruto o pendejo en la capacidad histriónica de hacerse el pendejo cuando quería.

Dominando la complicada comunicación escrita con una facultad nata del dominio absoluto de una caligrafía admirable y una prosa exquisita. Pero. ah… le encantaba quedarse siempre con lo ajenoooo…, por las viejas costumbres de los detalles de los pulperos. Eso si, el negro tenía un orgullo indomable, trataba en su interior de recurrir por instinto de bestia herida en batalla, de no sucumbir en la suprema instancia de su devenir marcado que no le permitía conectarse con sus antepasados africanos del más allá, sintiéndose como siempre, una autoridad omnímoda, inclusive por encima de Dios, como espécimen inútil de esta tierra o polvo que se desplomaría en su poder más tarde que nunca en deslumbrar de la ilusión óptica del ciclo de la vida donde el actuó.

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