Martes  23 de Septiembre de 2014 | Última actualización 07:29 PM
Carta póstuma a Hugo Chávez
Por: Columnista | 10:27 AM

Querido Comandante:

Para redactar estas líneas me sobran las palabras y los motivos, pero me faltan las fuerzas y el ánimo, pues tengo el corazón verdaderamente destrozado, compungido, hecho jirones. Es como si hubiese sido traspasado por siete puñales de acero. Hasta para hilvanar las ideas tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano.

Es que no me acabo de sobreponer a la noticia que, primero, me transmitió un amigo y colega llegando a la terminal de ómnibus de Bayamo, Cuba, y que después, pude comprobar a través de Telesur y otros medios.

Había estado muy pendiente de su enfermedad y de su heroica e insuperable lucha contra la muerte. Varias Trincheras lo confirman. No sólo lo que pude escribir, sino que también encabezamos varias misas, en Dajabón y Santiago, dos pueblos de mi país, donde elevamos plegarias para que el Altísimo le devolviera su salud.

Definitivamente no se pudo y cerraste los ojos para siempre el martes a las 4 y 25 PM. Comandante, no me resigno a su partida, no acabo de asimilar su muerte. Quien iba a pensar que un hombre con tanta vitalidad, tan lleno de vida, con tantos ímpetus, se le apagaría la existencia en cuestión de meses.

He pensado tantas cosas en estas últimas horas. He dicho y repetido: La gente buena no dura, con algunas excepciones. Recuerdo a crueles tiranos que han muerto en su cama –un buen ejemplo podría ser Pinochet- mientras que ud Comandante, que tantas obras de bien hizo dentro y fuera de Venezuela, mire como se nos va físicamente.

Ud. que reivindicó a Bolívar, quien llegó a proclamar -decepcionado por los traidores- que había arado en el mar. Pero seguro que el Libertador estaba muy lejos de pensar que, 200 años después, reencarnaría en su persona. No hay dudas de que ud fue un digno y fiel representante de sus sueños, de sus ideales de redención en América y el mundo.

Quien como ud, comandante, que no pensó de que lado se vive mejor, sino de que lado está el deber y cumplirlo, como dijera su otro maestro, Martí. Puede marcharse orgulloso, pues deja al mundo un legado que será imperecedero. Lo que se ha visto desde el martes, en Venezuela, así lo deja claramente ratificado.

Mire, mi comandante, algo que no tiene precedentes en el mundo: 55 líderes mundiales han llegado a Caracas para rendirles homenaje. Es que con su sencillez, su entrega, su obra, y su ejemplo ud pudo conquistar hasta a sus propios enemigos.

Se comprueba, además, con esto lo que dijo Lao Tse de que “toda persona muere inevitablemente, es ley dialéctica, pero que no todas las muertes tienen el mismo significado histórico. Por ejemplo, la muerte de un reaccionario o un incondicional al servicio de éste, tiene menos peso que una pluma, mientras que la muerte de un revolucionario tiene más peso que una cordillera.

Mucho me hubiese gustado estar en Venezuela, participando de sus funerales, pero desde el 1 de marzo me encuentro en su segunda patria, Cuba.

Eso si, aquí he tenido la oportunidad de comprobar todo el amor y el cariño que siente este pueblo por ud pues he visto las calles convertidas en verdaderos ríos humanos en homenaje póstumo. Hasta un servidor tuvo la oportunidad de colocarle una flor roja frente a su foto gigante colocada en la Plaza de la Patria, de Bayamo, por donde desfilaron miles de cubanos y cubanas este jueves.

Comandante, como ud fue un creyente confeso, cosa que demostró desde siempre, y que también siguió la prédica de Jesucristo en la tierra, de seguro que Dios lo tendrá en el pedestal más alto que hay en su Reino.

Ud cerró sus ojos y su corazón se apagó, pero a sus enemigos que no canten victoria pues ud es como el Cid Campeador, que después de muerto seguía ganando batallas. Tengo que despedirme, pues el espacio se me agota.

A los grandes no se les dice “adiós”, por eso me despido con un ¡hasta la victoria siempre! Hasta que la muerte nos una. ¡Seguimos en combate!