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Ola de cambios, partidos, sociedad y razón de Estado
Por: NARCISO ISA CONDE | 11:36 AM

La denominación (“Los Partidos y una Nueva Sociedad”) de este formidable seminario auspiciado por el Partido del Trabajo-PT de México me motivó en esta oportunidad a reflexionar sobre el curso y destino de la ola de cambios que desde hace años tiene lugar en nuestra América, a consecuencia de la creciente determinación de los pueblos por cambiar la dominación existente para no seguir viviendo como hasta ahora; determinación acompañada de las más diversas formas de impugnación de estas democracias latino-caribeñas secuestradas por las elites sociales, las partidocracias corrompidas y el poder imperial, de la dramática exclusión política y social que sufren nuestros pueblos y del neoliberalismo como modalidad endurecida y cruel del capitalismo de finales del siglo XX y principio del siglo XXI.

La resistencia social contra el empobrecimiento pasó a ser ofensiva, hasta colocarse los pueblos de la región a la vanguardia de la lucha contra los efectos de la globalización neoliberal y de los gobiernos que le han servido de instrumentos.

Esa ofensiva a su vez comenzó a generar crisis de gobernabilidad y desplazamientos de una parte de los gobiernos comprometidos con la derecha social y con los halcones de Washington. El anhelo y el protagonismo de los pueblos desató energías capaces de deponer presidentes fuera de elecciones, así como de imponer nuevos gobernantes por la vía electoral.

Irregularidades, limitaciones y desniveles en la oleada de cambios

La oleada ciertamente ha sido fuerte pero a la vez irregular, con desniveles más o menos pronunciados, con variada intensidad y profundidad por países, con avances sostenidos y frustraciones de diferentes magnitudes.

El viraje relativo hacia la izquierda a escala continental ha sido notable, aunque con actores políticos muy disímiles y diversos alcances en cada proceso nacional.

Los pueblos en lucha -especialmente cuando se ha tratado de competencias electorales- han favorecido a las fuerzas establecidas con formato progresista y/o de izquierda o han contribuido a crear nuevos movimientos políticos-sociales alternativos, al compás del auge de las luchas extrainstitucionales. Además de los canales representados por partidos y frentes políticos de larga tradición de izquierda o centro izquierda con fuerte implantación en las últimas décadas (PT de Brasil, Frente Amplio de Uruguay, FMLN de El Salvador, FSLN de Nicaragua, PRD y aliados de México…), en otros casos los cambios de gobierno han exigido y exigen de nuevas formaciones político-sociales. Así aconteció en Venezuela, Bolivia y Ecuador y tiende a ser similar en Perú.

Las primeras opciones son herencia de lo acumulado en el siglo XX, diferenciadas de una buena parte de la izquierda histórica, sensiblemente fragmentada, dogmatizada, empequeñecida y dispersa.

Una herencia relativamente positiva, dado que la depresión política acaecida con posterioridad al derrumbe del “socialismo real” y la consiguiente crisis teórico-política, melló sensiblemente el filo revolucionario de una buena parte de sus componentes y disgregó y disminuyó a otros, determinando una situación bastante original en la que la necesidad del cambio y las oleadas populares se han desarrollado en muchos casos sin la existencia de nuevas vanguardias sintonizadas debidamente con los cambios acaecidos en las sociedades del capitalismo neoliberal y en la era de la globalización y financierización del capital.

Esto obligó a los pueblos a respaldar lo relativamente alternativo o a construir al vapor nuevas opciones, lo que trae como consecuencia que la canalización de su voluntad transformadora no siempre ha encontrado los instrumentos políticos más consecuentes. Y así las cosas en no pocos casos los sentimientos, aspiraciones y propósitos de los pueblos han estado por encima de quienes le ha servido de canal para derrotar el “status quo” político; sin que por demás existan fuerzas revolucionarias con la suficiente potencia para forzar o presionar hacia la superación de la frustración o hacia la profundización de las atenuadas reformas.

La polarización de esas fuerzas progresistas con la derecha tradicional o con la derecha extrema, nutre incluso las opciones inconsecuentes, sensiblemente mejores que sus contrincantes oligárquicos.

Diferencias significativas y déficits fundamentales

El arco iris de los gobiernos resultantes del desgaste y de la derrota de la derecha tradicional (responsable de la neo-liberalización empobrecedora y des-nacionalizadora, y de la corrupción reinante), si bien en su totalidad ha sido calificados y propagandizados como de izquierda, en verdad no todos sus componentes responden a esa cualidad e incluso una parte de ellos realmente está esta lejos de serlo.

Una franja tiene vocación revolucionaria, otra reformista y otra sencillamente administra con nuevo estilo, moderación y cierta independencia la herencia neoliberal; modulándola, acompañándola de políticas sociales de mayor cobertura, reintroduciendo limitadas iniciativas keynesianas y favoreciendo una integración menos subordinada.

El pasado de izquierda favorece en términos de imagen incluso a fuerzas políticas que se han derechizado. Por eso es preciso diferenciar algo a mi modo de ver fundamental:

-Las diversas expresiones gubernamentales-estatales de esta ola de cambios con proclamada vocación revolucionaria (todavía no desplegada en profundidad)se caracterizan por sus adhesión al antiimperialismo y al “socialismo del siglo XXI” y por su determinación de desmontar las instituciones del viejo Estado a través de nuevos poderes constituyentes.

-En los otros casos, con grados distintos de reformismo y/o medidas populistas, sus políticas se asientan en los viejos estados y las viejas relaciones con las clases gobernantes-dominantes.

En general la necesidad de los cambios y el empuje de los pueblos hacia transformaciones radicales van delante de la construcción de las fuerzas capaces de darle un sentido revolucionario a esa singular situación, mediante acciones y respuestas alternativas y antisistémicas. Porque realmente en este periodo la crisis del capitalismo y de las “democracias representativas” existente, ahora en vía de convertirse en crisis mayor, ha estado por encima de las capacidades de las fuerzas destinadas a superarla en el sentido de la revolución y del tránsito a un socialismo de nuevo tipo.

Esto explica los traspiés, los altibajos y lasa sinuosidades de esta cuarta ola de cambios y explica también el predominio creciente de la razón de Estado y del proyecto de integración interestatal e intergubernamental (con escasa participación de la sociedad civil popular y de sus diversas expresiones no subordinadas a los gobiernos establecidos).

Explica la rápida conversión de los partidos y movimiento políticos que canalizaron por vía electoral las ansias de cambio de los pueblos, en fuerzas atadas a esos gobiernos y estados, sin autonomía para criticar, proponer, objetar y presionar a los funcionarios electos y no electos, sin independencia para definir y aplicar políticas nacionales e internacionales más allá de los intereses del Estado.

En los mejores casos la posibilidad de vanguardizar, crear, innovar…tiende a limitarse a los gestores de esos gobiernos y sobretodo a los grandes liderazgos ejercidos desde esas funciones, casi siempre condicionados y dentro de los límites de los intereses de sus Estados.

Las políticas nacionales de los partidos y movimientos progresistas que llegaron al gobierno y alcanzaron significativas posiciones estatales, paso a paso se han reducido a las políticas oficiales, a las medidas y planes en ejecución desde instancias estatales. No hay desde ellos presión crítica, ni movilización frente a errores, incumplimientos, distorsiones y mediatizaciones; menos aun vocación para avanzar presionando hacia los objetivos estratégicos.

Las políticas exteriores de partidos y movimientos que ocupan posiciones relevantes de Estado tiende a limitarse a las políticas exteriores de los gobiernos y de otras instituciones del Estado. El latino-americanismo, el antillanismo, el internacionalismo… se circunscriben a los componentes progresistas de la misma; sin trascender los acuerdos interestatales y sin desplegar en forma consecuente la solidaridad para con los sujetos sociales y políticos de otros países en lucha por el nuevo poder, salvo en los casos en que son muy evidentes sus perspectivas de triunfo electoral.

En la mayoría de los casos la solidaridad revolucionaria de pueblo a pueblo y de organización a organización realmente no se practica en la medida necesaria desde los partidos de gobierno, ni tampoco desde los movimientos sociales, fuerzas no gubernamentales e instancias de la sociedad civil influidas por las políticas gubernamentales y/o estatales.

El internacionalismo de clase, de género oprimido, de razas discriminadas tiende así a debilitarse, a pesar del cambio progresista generado en esas e sociedades. Porque partidos con raíces históricas de izquierda y partidos y movimientos políticos o políticos sociales de nuevo tipo, llegados al gobierno enfrían sus líneas internacionalistas, aun en medio de procesos transformadores avanzados. Más aun cuando mediatizan sus programas y recortan sus políticas nacionales.

Mientras más densas, intensas y radicales sean las luchas en otros países, más significativo es el distanciamiento respecto a ellas, sobre todo si se han desarrollado buenas relaciones de cooperación y acuerdos de respeto mutuo con los respectivos gobiernos.

De ese proceso de fusión de políticas de Estados, partidos y movimientos sociales, las mayores víctimas son las insurgencias populares armadas y no armadas y los movimientos opositores que enfrentan gobiernos reaccionarios e incluso terroristas, disfrazados de democracias; constituyéndose éstos en fuertes y ejemplares expresiones (bastante aisladas) de la acumulación revolucionaria de larga data, pero también de los nuevos tiempos.

El caso más dramático es el de Colombia, registrándose un distanciamiento y una insolidaridad notable respecto a las FARC, al ELN y a otros movimientos armados; y también respecto a la oposición de izquierda y progresista y a las luchas de los movimientos sociales contestatarios de ese martirizado país; al extremo de silenciarse desde casi todas las instancias políticas y sociales -no propiamente gubernamentales y/o estatales, pero influidas por los gobierno- las atrocidades cometidas por el régimen de Uribe y por el estado narco-para-terrorista colombiano.

También ha sufrido reacciones parecidas el EZLN y otros los movimientos armados, así como las fuerzas políticas y sociales confrontadas con el status quo, sobre todo en periodos o momento de alta confrontación.

Pero más allá de estos casos singularmente agudos, el fenómeno de la “razón de estado” y la manera como ha sido abordado por fuerzas izquierdas, está afectando sensiblemente la solidaridad latino-caribeña a nivel de la sociedad civil popular y de las fuerzas políticas no gubernamentales.

En no pocos casos la solidaridad, más allá de las relaciones de cooperación intergubernamental de corte progresista, se torna de una sola vía. La coordinación continental fuera de los vínculos interestatales, el despliegue de una estrategia revolucionaria común y las acciones comunes correspondientes, se dificultan extraordinariamente. El peso de los gobiernos incluso afecta las posiciones independientes de una buena parte del espectro político y social.

Las izquierdas políticas y sociales no confluyen en espacios comunes destinados a revolucionar y continentalizar las luchas liberadoras, salvo algunos esfuerzos y coordinaciones parciales cargadas de limitaciones y obstáculos.

El bolivarianismo no se practica consecuentemente más allá del ALBA, Petroamérica, Petrocaribe y otros loables esfuerzos de políticas gubernamentales. Los esfuerzos desde abajo, de pueblo a pueblo, entre sus organizaciones políticas, no son debidamente correspondidos desde las sociedades donde existen gobiernos más o menos avanzados. Y de esa manera esta cuarta ola transformadora, que tiene su principal fuerza impulsora en los sujetos populares, se ha visto afectada.

Y es que no ha sido debidamente definido lo que corresponde a los Estados y gobiernos progresistas y transformadores en las políticas e iniciativas continentales e internacionales, y lo que puede y debe hacerse desde una estrategia revolucionaria que involucre a partidos y movimientos sociales, más allá de los gobiernos de sus respectivos países, esto es, en el escenario del proyecto de Patria Grande liberada, independiente, no capitalista y pro-socialista.

La fusión partido-estado-movimientos sociales no solo ha sido un mal del “socialismo real”, sino que lo está siendo en las nuevas expresiones gubernamentales de esta cuarta ola de cambios, amenazada permanentemente de reveses por el accionar implacable de las oligarquías y los imperialismos estadounidenses y europeo.

Existen perspectivas revolucionarias y posibilidades de avanzar hacia nuevas democracias y procesos socializantes en mayor escala y mayor profundidad, pero en verdad no están siendo aprovechadas debidamente debido a este conjunto de obstáculos y limitaciones persistentes.

La crisis mayor y los nuevos desafíos

Bien se ha dicho –y en este tema trascendental- asumo las reflexiones del camarada Jorge Beinstein- que la presente crisis del capitalismo no tiene precedente ni tiene recetas superadoras visibles desde el propio capitalismo.

Ella es el resultado de la convergencia de múltiples crisis (sobre producción, financiera, ambiental, militar, institucional tecnológica, militar…), algo inédito en la historia del capitalismo. Una crisis muy severa, posiblemente de larga duración y con tendencia al colapso de la economía mundial; la más grave en toda su historia.

Ella habrá de expresarse con inusitada fuerza desde el centro hacia las economías de la periferia dependiente del capitalismo. Y ese contexto nuestra América no tendrá futuro digno desunida y atada al capitalismo y al carro del imperialismo occidental.

De ahí la tendencia a la unidad, no solo desde los gobiernos progresistas, sino del conjunto diverso del continente en franca reacción defensiva.

Crece por tanto la conciencia, sin deponer proyectos propios -algunos de ellos con ínfulas neo-imperiales como el brasileño- en favor de alcanzar ciertos niveles de integración entre Estados y gobierno. No así se expresa siempre la determinación de independizarse del carro imperialista.

Porque para una buena parte de los actores gubernamentales de este proceso integrador se trata de una articulación sin ruptura interna y sin superación del orden tradicionalmente dominante, concibiendo así una unidad simplemente destinada a presionar y negociar en mejores condiciones desde la situación dependencia y desde el capitalismo readecuado; destinada fundamentalmente a lograr compensaciones y ampliar los mercados.

La crisis en desarrollo ha fortalecido esta tendencia a una integración insuficiente a la luz de sus ímpetus devastadores.

Esta crisis, de no producirse cambios estructurales a favor de la autodeterminación y del tránsito hacia una sociedad nacional y continental alternativa al capitalismo, habrá de azotar en mayor grado nuestras sociedades, agravando el sufrimiento de los/as más débiles. Porque cualquier receta destinada a salvar el capital, ahora más que nunca, termina golpeando dramáticamente a los/as trabajadores/as y a los pueblos.

Los imperialismos europeo y estadounidense vienen con duro hacia este continente. Van a competir por su dominio como factor importante para, dentro de su lógica egoísta, atenuar su intensa y prolongada depresión.

EEUU viene con más angurria sobre nuestras riquezas naturales y recursos de todo tipo. Sus graves carencias de hidrocarburos, carbón, agua, minerales estratégicos y biodiversidad, tienden a potenciar su espíritu conquistador y re-colonizador, independientemente de las aparentes moderaciones proclamadas por sus administraciones de gobierno.

Habrán de presentarse momentos difíciles. No cederá en los TLC que tanto les favorecen, ni en la expansión militar en la región, ni en la determinación de explotarnos más intensamente. Sus cañones políticos están emplazados fundamentalmente contra Venezuela, Bolivia y Ecuador. Muy especialmente contra Venezuela y también contra la heroica insurgencia y la formidable resistencia civil colombianas, al convertirse de más en más Colombia en unos de sus eslabones débiles de su cadena de dominación.

Por eso las agresivas declaraciones de Obama contra Chávez y la revolución Bolivariana y su decisión de continuar financiado el Plan Colombia-Iniciativa Andina, pasándole por encima a sus pasadas objeciones al régimen criminal de Uribe. Por eso la permanencia por allí de la IV Flota como avanzada militar del imperio para conquistar la ambicionada Amazonía. Al parecer la nueva administración estadounidense está atada en esa vertiente por la naturaleza de ese poder y se ha mostrado dispuesta a cederle a la lógica militarista de los halcones.

Su trato a Brasil es otro, porque lo sabe más aferrado a su proyecto de gran nación que a la unidad bolivariana. Porque lo valora como factor de división o moderación, dadas sus intenciones de subordinar a otros países desde los intereses de la gran burguesía paulista y dadas sus capacidades para atenuar la beligerancia de algunos. El interés de atraer a Chile, Argentina y Uruguay, como el de aislar a Venezuela, Ecuador y Bolivia es evidente, mientras Lula trata de atraer a Cuba mediando con Obama.

En verdad esta gran crisis no tiene fronteras al interior del planeta y desde las necesidades imperiales habrá de cebarse en nuestros países, si no la entendemos como una gran oportunidad para liberarnos de la dependencia capitalista y para socializar nuestras riquezas y capacidades, evitando que los poderes establecidos, divorciados de los intereses de nuestros pueblos, terminen imponiéndole mayores sacrificios.

Ese reto pasa por radicalizar las luchas, por defender y profundizar las reformas, conquistas y transformaciones iniciales en los países que han girado hacia la izquierda; pasa por promover los combates a favor de los cambios revolucionarios, por ampliar el mapa político de la cuarta ola, por coordinar fuerzas populares y luchas sociales y políticas, por desplazar los gobiernos de derecha amenazados por crisis de gobernabilidad, por abrazar una estrategia revolucionaria común, por revitalizar el latino-americanismo y el internacionalismo, por superar la línea que limitan la unidad y la integración fundamentalmente a los acuerdos intergubernamentales y por potenciarla desde los pueblos y sus organizaciones.

Esto obliga un cambio positivo hacia la solidaridad con la insurgencia y la oposición de izquierda y progresista colombiana. A tratar los procesos peruano, mexicano y salvadoreño (más aun después de la victoria electoral del FMLN) como los más propensos a ampliar y potenciar la ola de cambio. A resistir y revertir desde los pueblos, las fuerzas patrióticas y los gobiernos autodeterminados la contraofensiva imperial, jugando cada espacio y cada fuerza los roles que le son propios.

¡La oleada transformadora esta riesgo y no debemos permitir que sus grandes enemigos la derroten! Hay que pasar en grande a la ofensiva. Las grandes crisis del capitalismo deben ser asumidas como grandes oportunidades para hacer revolución y avanzar hacia el socialismo. Porque no es de revolucionarios/as anticapitalistas dedicarse a recomponer el capitalismo y es ilusorio volver a modelos capitalistas ya fracasados e imposibles de restaurar como el keynesiano. Es impensable prolongar la vida del capitalismo y del imperialismo actual sin que la barbarie, el caos prolongado y la crisis de la civilización burguesa pongan en riesgo la vida en el planeta. La necesidad del cambio nos obliga a generar las fuerzas que lo hagan posible.

(Ponencia presentada en el XIII Seminario “Los Partidos y Una Nueva Sociedad” auspiciado por el PT de México y realizado el 19, 20 y 21 de marzo del 2009, en ciudad de México)

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