Domingo  24 de Junio de 2018 | Última actualización 11:17 AM
Viaje al centro de la tierra
Por: JOSÉ DANILO DOMÍNGUEZ | 10:08 AM

Confieso que si a alguien he de culpar por la desdichada situación en que nos vimos envueltos mis amigos y yo es a Julio Verne, pues a la lectura de sus libros, y a nuestra ingenuidad como niños en aquel entonces es que se debe achacar el origen de nuestra malograda empresa.

El Sr. Verne, como es sabido de todos, es un famoso escritor autor de numerosas obras de aventuras; entre estas, la que nos motivó a iniciar la odisea fue la tan renombrada “Viaje al centro de la tierra”. Debo agregar también, para sustanciar mi explicación, que no solamente fue el mencionado libro el que afectó nuestra decisión, sino la película homónima protagonizada por el señor Orson Wells.

Como todo ser humano que toma una decisión que se presume irrevocable, Roberto Contreras y yo nos pusimos de acuerdo en acometer aquel sueño que se desarrollaba en nuestras mentes como los arboles que en primavera empiezan a fructificar, cumpliendo un ciclo cuyo esplendor se hace más patente cuando el rocío humedece las hojas, baña los frutos o se desliza sobre la piel suave de los pétalos de las flores. Pensábamos entonces, que la realización de ese sueño nos convertiría, a nuestro entender, en más publicitados que los hermanos Wright y en más connotados que los famosos viajes de Marco Polo.

Si la adolescencia es una etapa difícil para todo joven, lo es mucho más para quienes sin haber alcanzado ese período pisan su territorio como si fuera propio. Durante ella, se pretende ser adulto cuando aún no se ha superado la etapa de la niñez. A los diez años, cuando aún no se precisa la diferencia entre los números ordinales y cardinales, el mundo nos resulta infinitamente pequeño para nuestros planes de conquistas, que sobrepasan las aspiraciones viajeras de Magallanes, o la determinación guerrera de Gengis Khan.

Naturalmente, el hecho de que éramos niños, no nos impedía pensar que para hacer realidad nuestra aventura, debíamos planificarla de una manera meticulosa, y tomando en cuenta todos los factores, tanto aquellos que nos resultaban favorables como los que avizoraban constituirse en adversos.

Sabiendo que pronto creceríamos en número, decidimos ponerle un nombre a lo que ya considerábamos un grupo, y escogimos para designarlo Los Argonautas y como todo grupo necesita un local, adoptamos como nuestro uno que se encontraba abandonado situado frente al cine Romano. Este nos fue cedido por el abuelo de Roberto a cambio de que cada vez que estuviese de regreso de la finca, les quitáramos al caballos la montura y demás aditamentos que le son atinentes, como es el caso de las bridas, y luego bañáramos al hermoso animal sobre cuyo lomo pretendimos en muchas ocasiones, convertirnos en uno de los tantos héroes de las tiras cómicas o de los filmes del oeste.

Armados de clavos y martillos, procedimos a la carpintería de nuestra campamento, acondicionándolo de tal manera, que al poco tiempo dio un brusco cambio, que lo convirtió de un lugar sucio y maloliente en limpio y acogedor. En cuanto a nuestra entidad se produjo una diferencia sensible e importante: ya no éramos dos, sino seis; en pocos días al grupo se le habían agregado Ramón Gautreux, Elósido Arias Johnny de León y Pocholo Naut.

Por de pronto, la tarea de hermoseamiento y limpieza del local, se convirtió en el centro principal de nuestra actividad. Tapamos las goteras del techo, habilitamos el retrete, pintamos el exterior e interior de la casa, los pisos fueron lavados y pulidos a mano, limpiamos el patio de malezas y escombros, podamos el granado y la mata de tamarindo y rehicimos la empalizada que le servía de enverjado perimetral, sobre todo la que colindaba con el patio de Doña Monina, la que entusiasmada por nuestra labor, nos ofreció golosinas y un tarro de pintura que nos faltaba para completar la pintura del local. Sin embargo, rechazamos de plano su sugerencia de incorporar chicas a nuestro grupo, a pesar de que algunas de ellas ya comenzaban a merodear por nuestra guarida tratando de establecer su impronta. Era notable la advertencia que estas nos hacían sobre la falta de adornos en nuestro club, especialmente flores.

La sugerencia que sí aceptamos de doña Monina, fue la de hacer un inventario de todas nuestras necesidades que nos servirían de apoyo logístico para la realización de nuestro proyecto, ya que como teníamos entendido, viajar al centro de la tierra era una cuestión tan sería que merecía ser pensada con detenimiento, para evitar correr riesgos innecesarios que pusieran en peligro nuestras vidas.

Completado el inventario después de largas discusiones y consultas, consideramos que lo que procedía entonces era realizar una campaña financiera, que nos permitiera equiparnos debidamente.

Entonces, y sólo entonces pude entender la insistencia de Roberto en la designación de Ramón Gautreux (el único con una responsabilidad señalada) como encargado financiero, de suministro y aprovisionamiento: su padre tenía tiendas y comercios, y cuando decidimos hacer chichiguas, caramelos y refrescos para vender, él se encargo prontamente de buscar lo necesario para que todos nuestros esfuerzos se vieran cristalizados.

Lo primera realización fueron las alforjas. Las hicimos cocidas a mano, copiando un modelo de papel que nos hizo mi madre. Fueron hechas a manera de mochilas para ser cargadas en la espalda, usando para ello los restos de una vieja lona de camión que encontramos en la fábrica de hielo propiedad de don Miguel Marranzini, situada en la parte trasera del Cine Romano. No era hielo fabricado con electricidad, sino usando el amoníaco como refrigerante. Éste nos la cedió a cambio de que por varios días les limpiáramos el patio, y les aseáramos y ordenáramos los asientos del cine, lo hicimos con tanto entusiasmo que nos convirtió en merecedores de que Mendoza, el asistente de don Miguel, nos facilitara una larga cuerda bordada con cáñamo, aunque nos hizo la salvedad que a título de préstamo.

Aunque todo parecía salir a pedir de boca, sobre todo en lo que a la logística se refiere, nos faltaban todavía algunos aspectos no menos importantes que salvar, uno de estos era el permiso de nuestros padres, que dábamos por asegurados, y el otro era el lugar por el que iniciaríamos nuestra aventura.

Lograr el permiso de nuestro padres fue fácil, sólo nos impusieron una condición en la que a unanimidad parecieron coincidir como si se hubieran puesto de acuerdo; esta fue que como ya teníamos planificado mandar a hacer el uniforme para la expedición con los fondos que recabábamos, estos no exigieron que coincidiera con el uniforme de la escuela, cosa que fue aceptada por nosotros aunque a regañadientes.

La realización del viaje constituía por aquel entonces nuestro único motivo de preocupación. Estábamos de vacaciones de verano, no teníamos materia pendiente, y las niñas pasaron a ser un objetivo secundario, al que sin mucho esfuerzo pudimos sustraernos, aunque no por completo.

La venta de los caramelos nos resultó ser muy beneficiosa. Los fabricábamos en latas grandes de las utilizadas para envasar aceites que colocábamos a fuego lento hasta fusionar el azúcar. Todo este proceso era realizado en el patio de nuestro local, y el carbón y la leña los obteníamos de los carboneros que venían del campo a vender sus productos a cambio de velar los animales y las cargas dejados a nuestro cuidado.

Los mismos carboneros nos compraban los caramelos en grandes cantidades para luego ellos venderlos en los campos, siendo sus favoritos los de color verde o rojo a los que les agregábamos esencia de menta y frambuesa según el caso.

Otro de los negocios que nos dejaba pingues beneficios fueron la elaboración de refrescos. Los refrescos los hacíamos de tamarindo, limón y guayaba. Como el cine estaba enfrente a nuestro club, pusimos una mesa cubierta con un mantel, y al lado, en el suelo, metido en un cajón lleno de hielo, los refrescos, los cuales embasábamos convenientemente en botellas de las casas licoreras. El hielo lo obteníamos de la fábrica de hielo a cambio de extender los días de nuestras obligaciones de limpieza tanto al patio como al cine, pero que ahora incluían también al automóvil de don Miguel.

Como necesitábamos todavía mayores recursos, varios sombreros que ya no eran usados por el padre de Ramón los vendimos a Erasmo el sombrerero, quien tenía su taller en el mercado público. También nos íbamos al campo a marotear, a buscar frutas que luego vendíamos en la mesa a la entrada de nuestro club o las utilizamos para hacer refrescos.

Una tarde, viendo que casi completábamos todos los materiales señalados en nuestro listado de aprovisionamiento para nuestro descenso al centro de la tierra, se nos acercó don Miguel para preguntarnos si ya teníamos los picos y las palas y el lugar por donde empezaríamos a picar. Todos nos miramos sorprendidos, picar no se había contabilizado en nuestros planes, y menos cuando nos encontrábamos a tan corta distancia de ser más ricos que el rey Midas.

Él, a nuestro requerimiento, nos explico que nuestro Planeta estaba formado por varias capas, que estas capas se comunicaban entre sí, y que si lográbamos perforar un hoyo de tres metros de ancho, tres de largo y tres de profundidad, nos sería fácil alcanzar el centro de la tierra y que en caso de que nosotros decidiéramos realizar dicha excavación nos resultaba conveniente hacerlo en el patio de la fábrica porque allí todo era tierra y, además, porque si lo hacíamos en ese lugar, nos prestaría los picos y las palas, y una carretilla para mover la tierra. “Además” –agregó -“cuando necesiten una escalera yo se la presto”.

No queriendo darle larga al asunto iniciamos poco después a excavar el hoyo que don Miguel nos había marcado con cal. “Es bueno que lo lleven todo parejo”, -nos dijo- “si lo hacen así, todos tienen entrada gratis el domingo al cine”. Esa propuesta la recibimos con gritos y aplausos.

Durante varios días realizamos nuestra excavación con apenas breves descansos para ir a comer, aquellas eran verdaderas jornadas agotadoras que se compensaban al ver que el fruto de nuestro esfuerzo se hacía cada vez más evidente. Sin embargo, algo llenó de desconcierto y preocupación nuestro espíritu y no eran los callos en las manos; ese “algo” fueron las palabras con que el encargado de la fábrica de hielo se refirió a nuestro túnel para alcanzar el centro de la tierra, al referirse a éste como”la cisterna de don Miguel”.

Esa noche ni siquiera sentí el menor interés por escuchar la radio novelas cubanos, que eran oídas en secreto por el temor que infundía la dictadura trujillista a aquellos que sintonizaban emisoras extranjeras. El interés por Rafles el ladrón de las manos de seda o Tamakún, fue sustituido por mi larga, tediosa y desesperada espera, a que Facia, la hija de don Miguel, que vivía enfrente de mi casa junto a sus hermanas Triana y Teresa, hiciera su aparición y me ayudara a despejar algunas dudas que bullían en mi cerebro.

A Facia la quería mucho. Ella era la mayor de las hijas de don Miguel y estaba casada con Ángel Canó quien no recuerdo porque razones se encontraba preso en la cárcel pública de la ciudad. De noche las tres hermanas me buscaban para hacerle compañía, ya que les daba miedo dormir sin una presencia masculina en la casa. La verdad es que yo era una representación simbólica de lo que se podía llamar protección, pues generalmente, cuando se pagaban las luces, me arropaba de los pies a la cabeza, que era la forma de esconderme en mi propio miedo. La luz de la ciudad la producía un generador consistente en una turbina movida por una fuente de agua. Estaba en la calle Anacaona, en la salida que va hacia Juan de Herrera, y se podía contar con ella de seis de la tarde a diez de la noche.

Esa noche estando con Facia acostado en la cama, y antes de que apagaran las luces comencé mi interrogatorio cuya primera pregunta fue qué era una cisterna. Su respuesta no se hizo esperar: “lo que ustedes le están haciendo a Papá” y después me dio todas las explicaciones de lugar, a condición de que no le dijera a don Miguel cuál había sido mi fuente.

Las decepciones suelen ser como las cuerdas de una guitarra, son cinco las notas, pero infinitas las melodías que pueden resultar de sus combinaciones. Aquella fue nuestra primera escuela de enseñanza para comprender que nuestros sueños de niños no eran más que eso: sueños que a veces navegan en un mar de ilusiones y que suelen terminan en los fracasos más estrepitosos. Al otro día, le informé a todos los resultados de mis investigaciones, y decidimos hacer un cambio en nuestro proyecto; no viajaríamos al centro de la tierra, sino que nos lanzaríamos a la conquista del espacio, y para ello, construiríamos un avión. Pero la historia del avión es harina de otro costal, y la dejamos para otro relato. Lo cierto es, que notando nuestra preocupación por el asunto de nuestra aventura aérea, Don Miguel se nos acercó para ofrecernos el modelo construido por los hermanos Wright, nos dijo que estaba hecho de madera y que para despejar toda duda sobre sus intenciones nos regalaría las planchas de playwood usadas para encofrar el piso de la cisterna si ayudábamos a Sindó, el encargado de la fábrica a vaciar el techo de concreto. Ese fue el motivo de que nos reuniéramos a discutir el asunto y que conviniéramos que el acuerdo con don Miguel, lo hiciéramos basado en un contrato, ya que no deseábamos ser sorprendidos nuevamente en nuestra buena fe. Hasta el próximo relato.

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