Domingo  24 de Junio de 2018 | Última actualización 11:17 AM
De tus frutos vivirás
Por: FELIPE LORA | 2:59 PM

Hoy salí a dar una vuelta por el patio. Me dirigí sin distracción hacia el árbol de pera (pyrus). Note que éste había pintado, con ayuda de la gravedad, el suelo que lo soporta de un tierno color amarillento. Me detuve y rastree toda el área hasta encontrar la pera perfecta. Me acerqué a ella y con delicadeza la levanté admirando su frescura.

Después de deleitarme con su exquisito sabor y al tratar de devolver a la madre tierra los restos de tan curvilínea fruta, note que las ardillas habían fracasado en su intento de colectar todas las nueces del frondoso árbol que, verano tras veranos nos protege con su sombra, al tiempo que nos regala cientos o miles de nueces.

Ese suceso tan extraño, a mediado de septiembre, me motivó a chequear el árbol de avellana (Corylus avellana) . A simple vista no pude divisar ninguna avellana, sin embargo, el suelo mostraba con claridad las consecutivas comelonas de las cuales, nuestras amigas las ardillas, habían disfrutado todo el verano.

Continué mi recorrido hacia la higuera o árbol de higo (Ficus carica), pero antes rebusqué en el árbol de arándano (blueberry) y disfruté algunas moras (zarzamora), que aquí son silvestres. Al acercarme al árbol de higo, sus gigantescas hojas (lo suficientemente grande para cubrir a Eva) dejaban filtrar la presencia de muchísimos higos que ya comenzaban a madurar. Extendí mi brazo, alcanzando uno que parecía estar esperándome para brindarme su exquisito sabor y su delicada textura.

Con un suspiro, y como tratando de dar gracias a la naturaleza y quienes lo plantaron (lo encontré plantado cuando me mudé) levanté mi vista en busca de un poquito del azul celestial entre las grises nubes que merodean con regularidad por los cielos de Oregón.

Noté que el manzano resistía la continua impiedad a que era sometido por la fuerza de gravedad, la cual trataba, sin éxitos, quebrantar las ramas que habían sobrepasado el límite de abundancia permitido por su coeficiente de fragilidad. Casi por pena, decidí aliviarle su pesar lo que resultó en un saco de manzana sentado en nuestra mesa.

Con la escalera teleférico en mi hombro decidí colectar algunas ciruelas ya que la mermelada comenzaba a agotarse gracias al éxito de este dulce sabor en el paladar de los muchachos que ya empiezan a identificar y reclamar lo que le gusta. Decidí colectar lo suficiente para una paila. Las demás la dejé para el deleite de los vecinos y peatones que ya están acostumbrados a lanzarse al océano morado que forman las ciruelas que caen, en busca de una que le anime el paladar.

Decidí terminar mi recorrido pasando por el pequeño jardín de vegetales. Allí colecté un poquito de lechuga, tres tomates, u ají, cilantro (que volví a plantar después de la primera cosecha), orégano (que dura todo el año), romero, tomillo y varias hojitas de albahaca.

Ahora sólo me queda esperar y ver en que delicioso plato combinamos estos ingredientes.

¡Que maravilloso es sembrar! ¿No crees?

Entonces, ¿qué esperas?

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