Jueves  18 de Enero de 2018 | Última actualización 02:11 PM
Luna, luna, lunera
Por: JOSÉ DANILO DOMÍNGUEZ | 8:48 AM

(Cuento)

Desde el patio de su casa, en horas tempranas de la noche, con ojos más brillantes que el asombro, quizás influida por las letras de alguna tonadilla o tal vez porque lo ha escuchado decir en la escuela a otros escuincles, la chiquilla, agitada, con el corazón queriéndole brotar como a un pajarillo asustado, arriba a los brazos de su padre a quien le pide con insistencia una hogaza de pan.

Esa niña de apenas siete años, es el vívido recuerdo de su madre. Por lo menos, así lo pensaba el padre en tanto le peinaba con las manos su pelo ensortijado en finos rizos, y mientras la miraba fijamente, intentando penetrar en lo más profundo de aquellos ojos enigmáticos y saltones, que parecían más bien dibujados con carboncillo. La pequeña, acostumbrada a esos mimos, advierte hilachas de cabellos enhebradas a la comisura de sus labios. Una y tras otra vez se empeña en alejarlas soplando en forma intermitente a ambos lados, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, pero es vano su intento. Por eso, agotada su paciencia, las separa con las manos, y cuando logra hacerlo, encuentra que sus labios se han resecado como la piel de una manzana expuesta al Sol; entonces, con un gesto, flexiona hacia dentro aquella mucosa rojiza, y ya allí, serpenteándola con la lengua, la deja humedecida y fresca, tan fresca como una fruta empapada de rocío. Superada la presencia de la costra sobre los labios resecos, la nena se siente complacida, pero sabiendo que aquella situación suele ser recurrente, insiste un poco más, remojándola de nuevo. A la sazón, siente que al fin ha logrado plenamente su cometido, y con una inútil muesca, engurruñando la nariz, separa lentamente los labios plegándolos hacia los lados, como quien descorre las cortinas de una ventana, para luego de un largo suspiro, de esos que semejan el ronroneo, exponer, como si así lo hubiera premeditado, aquellos dientes perlados que rechinan en sonrisas.

Ahora, es su voz cantarina la que aparece adormilada entre aquellos dos pétalos temblorosos y húmedos, semejando el gorjeo de una paloma al levantarse de su nido, y en la que se manifiesta una ansiedad, que más que ansiedad es insistencia; son una y otra vez las mismas palabras repetidas, como cuando se multiplica un eco. Si, la pequeña reclama pan, apenas un mendrugo, y no explica nada porque ese reclamo está cargado de inocencia y excluye toda explicación.

El padre, que ha recibido en sus brazos a la niña poniéndose en cuclillas, la deja acomodarse sobre sus piernas, un tanto perturbado por la insistencia de su polluela, en quien reconoce el poco comer; luego, levantándose, eleva su cuerpecillo al aire haciéndolo girar como un aspa, inclinándolo invertido como un avión en picada, cosquilleándolo por las axilas de los brazos, jugueteando con él como se juguetea con una mariposa… Y es que ese padre está alegre y no puede ocultar su alborozo. Por eso abraza a la niña, comprensivo, con afecto y ternura; la máxima ternura que un padre puede ofrecer a una hija a la que ama entrañablemente y a la que ahora debe calmar en forma mesurada.

Aún en los momentos de alegría, la vida suele enfrentarnos a intrincados vericuetos a los que nos vemos abocados en ocasiones y que demandan sin demora una actitud resoluta. En situaciones como esas no se sabe si lo que realmente se desea es alargar los segundos a siglos, o condensar los siglos a segundos. Lo cierto es que en ese escenario específico, los pensamientos se agolpaban debatiéndose en sucesión continua, confundiéndose unos con otros, como si se revolcaran en un torbellino. Sin embargo, así como en el cielo las nubes se alejaban del horizonte visiblemente arrastradas por la insistente brisa que ayuda a desenmarañar el panorama, de la misma manera, el padre intenta despejar su desconcierto tratando de encontrar entre acertijos, el justo lugar que le permita entender la situación.

-“¿Es que te has quedado con hambre, hija mía?

En las palabras del padre hay dulzura, extrema dulzura por aquella pequeña cuya madre murió al procrearla y a quien en ese instante cuestiona poniendo en su pregunta la misma cautela de quien se aproxima a un objeto quebradizo, tan quebradizo como el cristal o aún más. Su amor lo ha concentrado en ella, en cuidarla. Hace un momento la observó comer en demasía, como nunca lo había hecho.

Ahora, la pequeña, le pide pan……

Ya completamente despejado el cielo, millones de estrellas ofrecen a la vista el más bello espectáculo: parecen como luciérnagas tiritando de frio sobre una sábana oscura. La niña, que al entrar a la sala ha llevado esa escena en su memoria, no esconde su admiración.

Sobrecogida por aquello, respira hondo, tan hondo que al cerrar sus ojos seguía viendo debajo de sus párpados la miríada de lucecitas azules y verdes; en aquel momento, escarba el firmamento como si quisiera ensartarlo con la mirada, pero lo que realmente perseguía en esa vastedad inmensa y sobrecogedora que está grabada en sus recuerdos, es a aquel disco amarillento que irradia la deslumbrante luz que recibe del Sol. Su deseo es ver a la Luna, a la Luna Llena, a la Luna, Luna, lunera; pero, para verla, ya la pequeña no tiene que volver al patio: la puede ver desde el interior de su casa, arrellanada en las piernas de su padre, aún con los ojos cerrados, apretaditos para que nunca se le escape; en su éctasis, la puede ver, como la ha visto en innúmeras ocasiones, perseguida por los pájaros o bebiéndose la lluvia cuando se ahogaba reflejada en el estanque, y la puede ver también cuando se ocultaba tras las nubes, porque esa Luna está en su imaginación, en sus fantasías, brillando tan sólo para ella como nunca ha brillado, y como nunca volverá a brillar jamás para nadie. Está distante sí, pero ella sabe que sus deseos le bastan para alcanzarla y poder tenerla entre sus manos. Entonces la criatura, abriendo los ojos a la mirada inquisitiva de su padre, le dice candorosamente, pasándole por el rostro recién afeitado su mano enguantada de cariño, con la timidez de quien desnuda su secreto:

“-No papi, no tengo hambre, pero me gustaría saber si verdaderamente es cierto que la Luna es de queso y se come con pan”-.

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