Domingo  22 de Abril de 2018 | Última actualización 01:52 PM
Por qué no fui al desfile
Por: JOSÉ DANILO DOMÍNGUEZ | 6:39 PM

Estaba subido junto a otros amigos en la mata de higüero que se encontraba a lado de su casa comentándoles a ellos que por la mañana, antes de ir al desfile, me iba a fotografiar uniformado, para conservar la foto como un recuerdo.

Ella, Doña Patria, con una sonrisa a flor de labios, me pidió que bajara y me hizo sentar en una mecedora de aquella salita estrecha de la casa en que vivía en la calle Anacaona, casi llegando a la 16 de Agosto.

Me ofreció un vaso de refresco de limón que yo acepté y después me preguntó si le podía hacer un favor.

La pregunta era retórica, por lo que me mantuve callado y a la espera de que me dijera lo que de toda manera me iba a decir.

-“¿Ves esta ramita de laurel?, la he traído del parque para dártela”-, y comenzó a batirla en el aire, como si ella fuera la multitud que estuviera recibiendo al hombre al que se quería coronar como Emperador romano. LUEGO CONTINUÓ SIN PRISA:

–“Pues cuando desfiles mañana, y estés ovacionando a Trujillo, haz con ella lo mismo que yo hago ahora”, y siguió batiéndola, y emitiendo sonidos de algarabía.

Después, adoptando un aire doctoral, propio de quien ha sido maestra por muchos años, agregó:

-“Es lo que haría Antonio para halagar a César. Creo que tú, como Antonio, eres un admirador de Julio César, y me imagino que como yo soy admiradora de Bruto, y por tanto opuesta a ese tirano romano, estarás en desacuerdo conmigo”.

La mecedora se seguía balanceando sin premura, ahora miraba hacia la calle, después volvió a fijar sus ojos en mi para decirme:

-“Ah, espero que hayas leído el libro”

Asentí con la cabeza. Se refería al libro Julio César, de Shakespeare que me había prestado junto al Último de los Mohicanos, de Fenimore Cooper. Este último ya se lo había devuelto.

Después se me quedó mirando sin decir nada, aunque su rostro denotaba un aire de satisfacción en el que se podía leer: “la semilla ya está sembrada”. Entonces, tomó de la mesa una taza de café, todavía humeante, y comenzó a beberla sorbo a sorbo, como si se enjuagara los labios.

Efectivamente, al otro día me tiré la foto pero no fui al desfile.

Me fui a sentar a su casa, uniformado y todo, tal vez esperando encontrar unas palabras de aprobación. Ella, mirándome de los pies a la cabeza, mientras me centraba el nudo de la corbata, me dijo con cierto aire de extrañeza, aunque con marcada ironía:

-Tan bonito que te ves así uniformado, ¿por qué no fuiste al desfile?

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