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La tarea de complacer a una mujer embarazada
Por: ELIAS BORTOKAN | 6:16 AM

CUENTO

Cuando empezó a llover estaba de camino a la casa. Nunca jamás había ocurrido una lluvia tan semejante a un diluvio en tan remota ciudad del sur profundo.

Al recorrer las calles en mi automóvil podía casi sentir las gotas como si penetraran a través de los cristales. Los limpia-parabrisas estaban al tope de velocidad. Llevaba las luces encendidas y además la doble direccional; aunque según el manual del chofer, estas no debían encenderse salvo para estacionarse. Dudo que nadie respete tan absurda restricción caprichosa tal vez sacada en una oficina repleta de café y tecnología cuando se tiene la idea de que no te ven detrás de ti y te podrían chocar. Mientras conducía debía estar atento no sólo a la lluvia, sino también a los muchachos distraídos que jugaban desprevenidos bajo la lluvia.

Un árbol cayó a la calle y por fortuna segundos antes de que automóvil alguno pasara en ese tramo. No hubo nadie lesionado. Ya yo había cruzado y pude ver la escena por el retrovisor.

Justo en el preciso momento que acababa de caer el árbol una señora de algunos ochenta años de edad me hizo seña de que necesitaba ayuda. Me detuve y le ofrecí llevarla a su destino.

Tuve que ayudarla a bajar del auto al llegar a su casa.

No estaba prevenido y por supuesto me mojé entero bajo semejante situación. Hasta los zapatos se me llenaron de agua.

Al llegar a mi casa, mi señora estaba un poco disgustada, no sé si por el efecto de la lluvia, por el efecto de su embarazo de tres meses o si porque me retrasé un poco más de lo acostumbrado debido a la lluvia, tal vez por todo junto. Al menos se ofreció a pasarme un cambio de ropa.

Cuando pude estar un poco más relajado, me comentó que tenía un antojo de embarazada. Y es de saberse que no complacer un antojo a una mujer embarazada es algo muy perjudicial, sobre todo para el marido, y en especial tratándose del primer antojo.

Yuca, yuca, yuca, iuca, yes,

-¿recuerdas el mofongo aquel?-

(Pero bueno, si aquí no venden mofongo)

(Pero nada, no importa)

- Cómprame unas libras de yuca. Para hacer un delicioso plato de yuca con cebollas y una costillita.

(Por fortuna si había en casa para la costillita).

Pues ni hablar, a salir a buscar yuca, no importa que estuviera lloviendo a cántaros, y por cierto parecía que aumentaba la velocidad y la magnitud del pequeño diluvio que rondaba nuestro territorio.

El romanticismo hace que las cosas tomen otro color, y por un rato me sentí un héroe, tal vez un James Bond en Misión Antojo Parte I. Futuro padre orgulloso al volante. Las calles lucían chicas bajo la magia del momento. No obstante, no hay dicha perfecta, y un gato se me atravesó y lo choqué justo frente a la casa de sus dueños, un suceso muy poco probable, siendo el caso que los gatos tienen siete vidas (…) Uno de los vecinos que fue testigo ocular del acontecimiento me consoló con la noticia de que los dueños estaban de vacaciones, y de que no me preocupara porque no tenían fecha de regreso.

Siendo el caso, quede libre bajo palabra y pude continuar hasta la primera parada. (El lugar donde pensaba era más probable encontrar yuca acorde con los factores de tiempo dados). Ya iba con un paraguas, al menos. El dueño del negocio me recibió con una sonrisa algo maligna, es del tipo de vendedor que percibe cuando un cliente necesita algo con urgencia, como los taxistas que saben divisar al pasajero que los espera en medio de una multitud. Y para rematar el asunto no tenía el preciado alimento que esperaba mi esposa en casa.

-Oiga señor, esto es una situación de vida o muerte, se trata del primer antojo de mi esposa embarazada.

-No puedo hacer nada, lo siento. Sé que usted es un buen hombre. Inténtelo en la calle Doce, seguro encontrará lo que busca.

El paraguas se me averió por una ráfaga de viento que lo hizo volar de mis manos a unas púas.

Lo dejé enganchado ahí mismo y proseguí mi camino sin darle importancia al asunto.

Entonces cayó un rayo, fue muy cerca del lugar donde estaba, porque el sonido era muy fuerte. Esto disparó la alarma de mi automóvil, y por un acto reflejo saqué de mi bolsillo el control… una joven que también iba caminando por la calle bajo la lluvia tropezó conmigo… el control cayó y fue arrastrado por el agua del contén… un niño que jugaba bajo la lluvia lo recogió y se fue corriendo con el control por un callejón de aquel barrio. Recordé que tenía otro control en la casa, al menos la llave estaba aparte.

Decidí detener un taxista que apareció de milagro y seguir hasta la calle Doce.

El taxista era un señor jubilado que trabajaba por ratos y por hobby, estaba un poco chalado, decía la gente, sin embargo lo encontré muy providencial, encontrar un taxista en medio de todo aquello era tal vez lo mejor que me pudo haber sucedido.

En la calle Doce tampoco había lo que buscaba. Un joven muy decente se percató de mi problema y se ofreció a regalarme unas yucas que tenía en su propia casa. ¡Al fin!

Cuando regresé a mi casa echo puré y con el preciado antojo, mi esposa me recibió con una cara bastante dura. Me recriminó por mi tardanza y ni siquiera reparó en mi triste estado decrépito. Aún llovía con estruendo. Hasta cayó otro rayo, pero ni siquiera mi esposa, que por lo general se asusta ante esos fenómenos naturales, se inmutó.

Luego de un largo silencio, me dijo que ya no le apetecía la yuca, y que –por alguna extraña razón de embarazada– ahora se decantaba por unos plátanos de Barahona.

Miércoles 13 de noviembre 2012. 5:30 p.m.

Quiero aprovechar para agradecer a barrigaverde.net por publicar mis cuentos, y a los lectores les pido una retroalimentación (saber su opinión). Pueden escribirme a mi correo electrónico: elibortokan@gmail.com

Gracias por su fina atención.

Elías Bortokán , Las Matas de Farfán
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