Miercoles  18 de Julio de 2018 | Última actualización 07:51 PM
La última esperanza
Por: JOSE DANILO DOMÍNGUEZ | 11:57 PM

(Cuento)

A diferencia de los puentes, hay tragedias por las que no se puede cruzar dos veces. Así como es difícil borrar de la memoria un recuerdo que ha marcado nuestras vidas, hay situaciones, o para ser más preciso, condiciones, o tal vez ambas cosas a la vez, a las que inevitablemente nos encontramos encadenados. Parecería en esas circunstancias, que todo el acontecer de nuestras vidas, estuviera marcado por un cierto determinismo, y que ese determinismo se manifiesta en el momento menos esperado, como una necesidad irresistible, ajena a toda contingencia, a toda casualidad, como si previamente estuviera señalado el curso que guía nuestra existencia y ese fuera, fatalmente, nuestro ineludible destino. Veamos un ejemplo:

Oscar es un personaje extraordinario que ha logrado enriquecer no sin muchos esfuerzos. En adición a su considerable fortuna, es joven, elegante, atractivo, de buenos modales, enérgico, con excelente formación académica, y muy laborioso y concentrado en sus actividades. Es un excelente deportista, amante de la buena música, habla varios idiomas y ha sido educado en el seno de una familia notablemente exitosa y emprendedora, y su instrucción escolar ha sido rigurosa y disciplinada.

Contrariando los consejos de familiares y amigos de no incursionar en territorio desconocido, se marcha a una gran ciudad del exterior en la que se hospeda con su esposa en el recién adquirido piso superior de un modernísimo rascacielos. Ensanchar los límites de su actividad no representa para él una amenaza sino un reto y, como todo reto, una nueva oportunidad para afianzar lo logrado y establecer el punto de partida hacia nuevas metas. Su pretensión es ampliar el área de sus negocios, internacionalizarlos, y estaba dispuesto a afrontar los riesgos. Así lo demandaba su carácter y es lo que él pensaba que debía hacerse: superar los escollos que se presentan en el camino, y más cuando estaba en juego el sueño de su vida.

Un día cualquiera, cuando el reloj marca las dos de la mañana, Oscar, que es sonámbulo, despierta cuando va en caída libre luego de lanzarse, víctima de su estado de inconsciencia, desde la azotea del edificio en que vive que tiene una altura de cincuenta pisos. Confuso, desorientado, como si el hecho le resultara inexplicable, intenta establecer su situación, y tal vez como un último recurso, sabiendo que se acelera su caída, llama afanosamente por el teléfono celular a su esposa a quien cuestiona desde el aire, ya a punto de tocar suelo:

-Cariño, dime rápido, ¿yo estoy durmiendo a tu lado?

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