Martes  23 de Enero de 2018 | Última actualización 07:05 PM
Nuestros nuevos orígenes
Por: TEODULO ANTONIO MERCEDES | 9:46 PM

Nunca olvidaré el día en que por sugerencia de los ingenieros José Fortunato y Antonio Sosa en la década de los ochenta fui a conocer New York.

Siempre considere que con mi vivencia de Europa era suficiente para intentar cambiar el mundo, porque para las mayorías de mi generación Europa era el mundo y los Estados Unidos era el capitalismo brutal.

Cuando acudí a la cita de los amigos, donde me encontré con mi cuñado Orlando, mi visión de la sociedad pos moderna cambió, recibió nuevas ideas, vio nuevas aplicaciones económicas que llevaban felicidad al ser humano, sobre todo al dominicano vapuleado por contínuas tiranías que no daban tregua a la apertura de un mundo mejor, donde el pan y el trabajo eran joyas inalcanzables.

Conocí una cultura subterránea, manejadas por nuevos ritmos musicales ignorados en mi gran Santo Domingo. Pero producidos por y para dominicanos.

La arquitectura era única, donde el hierro había eclipsado el barro y el adoquinamiento y numeración de las calles, era cosa de antología.

Luego de ese encontronazo, mis visitas continuaron de manera religiosas anualmente, porque los conocimientos eran inagotables y el capitalismo se desplayaba por doquier confundiendo a los mejores de los nuestros.

Tantos viajes, tantas peregrinaciones tenia que concluir con un reencuentro o una valoración más profunda de dicha sociedad.

Así fue. En la década de los noventa, luego del cierre de la Rosario Dominicana, en la cual desarrollé trece años laborales, la peripecia llegó a quemar las naves e intentar establecerme en la babel de hierro, conociendo a nuevas gentes y nuevas personalidades que marcarían mi existencia por el resto de mi vida.

Mi experiencia duró poco, cerca de dos años, factorías, bibliotecas, tertulias, todo desde abajo, para observar el desarrollo sin contaminación e insinuaciones oscurecí entes.

Desde luego como dominicano, nuestros conocimientos lograron la formación rudimentaria de cómo ser bodeguero, o como manejar un liquort.

En ese accidentado proceso conocí a un gran amigo. Rolando Robles quien por sobre las pasiones chovinistas me enseñaba como debía ser la lógica de comportamiento del dominicano que estaba intentando desarrollar su doble papel en función de la doble nacionalidad no adquirida en ese tiempo por nuestros compatriotas.

En esa titánica labor, entonces y quizás hoy no comprendida actividad, estaba acompañado de Arquímedes Mota Y del inolvidable Peñita, símbolo del perredeísto de la diáspora.

Me sorprendió la entereza moral de Mota, porque luego supe que procedía de las filas reformistas, lo cual rompía un estereotipo formado en el fragor de la lucha política, donde las personalidades no tenían participación alguna, pero donde Rolando con sus conocimientos sabia conocer el trigo de las pajas, había introducido en una lucha larga con objetivos reales pero distantes, a favor de los dominicanos que por diversas razones habían adoptado a los Estados Norteamericanos como su segunda patria.

Hurgando en las cotidianidades nacionales, observé que había poca o casi ninguna información sobre los dominicanos que actuaban en función del bien social y a veces en ayuda de sus connacionales, en esa búsqueda luego de varios años, entré a un programa que desarrolló el diario el País de España, sobre los que entraron a EEUU, por la isla Ellis, buscando los apellidos Mercedes y mis informantes e informaciones fueron escasos, solo varias familias y sus lugares de origen, nada ni nadie sobre su accionar y proceder.

La familia de mis Mercedes, entro a Estados Unidos en los años cincuenta. Tiempos remotos, donde los dominicanos en New York se contaban con los dedos de las manos, porque para su salida, tenían que estar provisto de pasaporte, lo cual era posible sólo con la autorización del “Generalísimo Trujillo”. De dicha época, no encontré nada, sólo tengo los recuerdos y anécdotas de mis primos que después de varias décadas se establecieron en Puerto Rico.

Esta falta de escritos y documentación adolece en todo el trayecto de nuestra formación de etnia en la ciudad de New York, no poseyendo una documentación en detalles de las personalidades de nuestros orígenes, que con el tiempo y labor logró penetrar en su mundo y su época, por sus valoraciones colectivas y aportaciones generales que permitan conocernos más a fondo.

Los dominicanos conocemos al doctor Rafael Lantigua, por sus aportaciones diarias para los compatriotas que en luchas permanentes con las adversidades necesitan una mano amiga en el momento inusitado.

No por su extraordinaria carrera política y su desinteresada labor patriótica en momentos de grandes vicisitudes sociales en la isla de Santo Domingo.

De igual manera, se reconocen otros nacionales, por los premios otorgados por instituciones de nuestro origen que hacen público sus aportaciones sociales a favor de la comunidad científicas norteamericana.

Que decir de otros más humildes, pero que con sus trabajos y esfuerzos han permitido el ascenso de muchos de nuestros compañeros y a veces de líderes locales.

En ese sentido, creo que las realizaciones del licenciado Marino Mejía y el mismo Rolando Robles con sus periódicas publicaciones de semblanzas de ciudadanos ejemplares, constituyen una herramienta poderosa para investigar en el mañana la participación de numerosos dominicanos en la cultura nacional y en el desarrollo de una Nueva Cultura Norteamericana, donde las participaciones de las razas tendrán grandes aportaciones en su ensamblaje y entendimientos de comunidades con diversidades culturales, pero aunada en un principio común de convivencia social.

Al mismo tiempo, las aportaciones en las semblanzas de Roble, nos conducen a dominicanos de carne y hueso que conviven en el día a día y que con sus ejemplos y valoraciones silenciosas, nos dicen que somos una nación con grandes problemas esparcidas por el mundo, en la cual la honestidad y el decoro señorean por sobre las maldades que pregonan los malos dominicanos que han adjurado de lo que somos y hemos sido en el trascurso de nuestro devenir histórico.

El autor es ingeniero.

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