Martes  24 de Abril de 2018 | Última actualización 07:22 PM
El niño y el aljibe
Por: JOSE DANILO DOMINGUEZ | 9:43 PM

UN RELATO BREVE

Soy de a poquito. De a poquito poquito. Por eso a la escuela no voy. No me gustan los estudios y eso lo saben mis padres. Cuando cojo un libro en la mano me duermo, aunque cuando no lo cojo también. No se de letras, ni de números: ni siquiera me aprendo los nombres de las calles. Pensar sí, imaginarme cosas: eso me gusta.

Tampoco soy de mucho hablar, como mi padre. Mi madre sí. Esa se pasa el día entero con un telelé. Le gusta hablar hasta el cansancio. Mi padre no. Él tan sólo me mira en silencio como miran los árboles sin hojas, con tristeza, con una tristeza callada, como cuando se quiere gritar y no se puede.

Un día se acercó a mí, como para decirme algo. Pero no dijo nada. Tan sólo atinó a pasarme la mano por la cabeza. No, nunca me ha dicho nada. Nunca. Ni siquiera cuando Marianita se desapareció y después de mucho buscarla la encontraron ahogada en el aljibe. Marianita era mi hermana. Tenía dos años menos que yo, que tenía seis cuando la encontraron. Mi madre lloró mucho por Marianita. Yo no. Yo sabía que Marianita estaba con los ángeles, andando entre las estrellas del cielo. Por eso taparon el aljibe y compraron el burro. El burro era para ir a buscar el agua al río y recoger la leña para cocinar. Eso lo hizo mi hermano Rafael durante muchos años, hasta que lo engancharon a la guardia.

Desde entonces la leña y el agua la busco yo, que sé nadar como nadie, y hasta mejor. Pero a mi madre no le gusta que yo me pase mucho tiempo en el río; sobre todo, por los mandados. “Para algo tiene que servir, para algo” y se pasaba el día repitiéndolo porque, según ella, era la única forma en que yo entendía las cosas, cuando me la repetían una y otra vez.

En eso se pasa el día, diciéndome lo que tengo que hacer: haz esto, haz aquello, y ni me dejan dormir, a mí, que sin mentirles, me podría pasar la vida durmiendo en mi hamaca. La hamaca está en el patio. Debajo de una enramada cobijada con yagua. Al lado de donde amarro el burro.

Mi madre me pelea porque duermo. Mi padre no, el se queda callado, a veces mirándome como si me tuviera pena. Cuando llueve el agua no me cae, ni siquiera una gotica; pero me gusta oirla susurrándome, queriéndome salpicar mientras me jamaqueo para espantar los mosquitos y pensar en Marianita y en las maldades que les hacíamos a los perros cuando les amarrábamos en la cola un trapo mojado con kerosene y luego se lo encendíamos con un fósforo. Pero lo quemás le gustaba a Marianita era ponerle cohetes en el culo a las gallinas y a la cotorra y luego, pum, plumas por todos lados y la abuela echándonos maldiciones y persiguiéndonos con un palo de escoba para, según ella, ajustarnos cuenta.

Ah, Marianita, yo sé que en el cielo tiene que estar tú, haciéndoles maldades a los gatos y a los angelitos, mientras yo, aquí, me duermo pensando que te correteo por el patio en el que tantas veces jugamos a la escondida y donde un día nos emborrachamos bebiéndonos el vino que mi amigo Plinio se llevó de la sacristía con el caliz de la iglesia.

Te acuerdas, Marianita, ¿te acuerdas del día que le manchaste el traje blanco, con semillas de limoncillo a don Antonio Marranzini o cuando le metiste a doña Pilar las dos arañas cacatas en el macuto para que no fuera a chismear a nuestra casa? ¿Qué días aquellos, Marianita! ¡Qué días!

Lo malo es que a quien culpaban era mí, no a ti, Marianita. Me culpaban de desinflarles las llantas al automóvil de don Miguel y de echarle pupú de perro a los asientos de la barbería de Adolfito y Arístides. Me culpaban de tantas cosas que tú hacias, que hasta sueño me daba, Marianita.

Sí, me gusta dormir, pero no puedo porque a mi madre no le gusta que yo duerma tanto. Ella dice que no se puede arrear el burro desde una hamaca, que me voy a petrificar de dormir tanto. Ella se la pasa lavando, planchando, cocinando esos guisos que no me quitan el hambre porque engordan a la solitaria que según su decir yo tengo en la barriga.

Mi padre no dice nada. Siempre con la misma rutina, de la casa al negocio y del negocio a la casa. Cena, se sienta en un sillón a oír las noticias y nadie lo oye hablar. Por eso no me duermo. Para que mi padre no hable y no se sepa nunca la verdad que él lee en mis ojos. La verdad, la única y verdadera, de que yo fui quien empujo a Marianita dentro del aljibe.

¿Quién es José Danilo Domínguez que esta escribiendo tan bien. ¿No será Danilo Pérez (Dominguez?), hermano de Santiago Bienvenido Rivas Domínguez? ¿Sanjuanero? Si lo es, SJM, empieza a tener un futuro buen literato. Buen narrador. Felicidades,
Fraterno,
Sobieski De León
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C/Wenceslao Ramírez No.96

Sobieski Suvarov , SJM-Compañera
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