Martes  23 de Enero de 2018 | Última actualización 02:02 PM
El Escritor
Por: JOSE DANILO DOMINGUEZ | 12:38 PM

UN RELATO BREVE

A mi hijo José Eduardo, por acurrucarse en mis sueños.

Aunque tenía rato allí parada la mujer prefirió seguir en silencio. El cuarto estaba en penumbra, olía a cigarrillo y alcohol. Pero también se sentía en él la atmósfera pesada que tienen los lugares poco aireados donde no se limpia. Las ventanas estaban cerradas. Afuera todavía llovía, desde la cocina venía el olor a comida vieja, descompuesta. Momento antes había pensado decir una frase que había acuñado en su mente, pero la discreción no se lo permitía: “la soledad alienta los demonios”. La frase no era de ella. La había leído en algún libro pero ahora no recordaba en cuál. Lo cierto es que la frase le martillaba el cerebro, como le martillaba el cerebro la situación del hombre sentado frente a la máquina de escribir, con la cabeza recostada sobre ella y las manos colgándoles hacia el suelo. El pelo desaliñado; era visible que no se afeitaba desde hacía varios días. Por el piso los diversos periódicos tirados por doquier, y compitiendo con los periódicos las botellas de ron vacías. “Ha bebido mucho”, pensó ella, “y es evidente que sufre, pero no puedo remediarlo”. Ella se asomó a la ventana, la lluvia pegaba ahora con más fuerza contra el cristal. Luego se dirigió a una de las habitaciones. Pobrecito, se dijo, la muerte del niño debió afectarle. Abrió el armario: la ropa estaba tal como ella la había dispuesto antes del accidente. Luego fue al baño. Olía a orines y excremento. El baño siempre fue su lugar favorito de la casa, su lugar favorito para fantasear, para hacer el amor, para dejarse arrastrar a los brazos de su amado en una pasión devoradora, extendida más allá del deseo, de la fantasía y los sueños. Siempre habían estado juntos, aún en los años difíciles, cuando el crimen político, la intolerancia, los allanamientos, las torturas, se convirtieron en pesadilla de todos. En esos momentos amargos, estuvieron juntos como lo están ahora. Tan sólo que ahora es distinto. No tiene fuerza para decírselo, para hacérselo saber aunque lo intenta. Si él sufre, ella sufre. Sí él llora, a ella le corren las lágrimas como si fueran torrentes, ríos desbordados que lo arrastran todo, quizás sus penas sólo se pueden comparar al más universal de los diluvios. Fue en ese momento cuando le vino la idea; quizás sí, talvez había una manera de ayudarlo. Y no lo pensó más. De pronto se escuchó el teclado de la máquina de escribir arropando aquella habitación durante horas. Era de continuo: hojas van, hojas vienen. Cuando el despertó el libro estaba escrito. Una hoja a medio escribir aún en la máquina, ponía el punto final a la más bella historia de amor que jamás se había escrito. La leyó aletargado, confuso, impreciso en sus recuerdos. Era el libro que siempre tuvo metido en la cabeza, pero que durante años no había logrado plasmar. El libro para ser acogido por todos los cenáculos literarios. En él había imaginación, dominio de las formas, lenguaje innovador y una trama perfecta, bien planteada y correctamente urdida. Ahora lo tenía frente a él y no recordaba nada. Nada. No obstante lo que estaba plasmado allí eran sus pensamientos, sus ideas, su estilo inconfundible. Además, quién más podía haberlo hecho. Las puertas estaban cerradas. En aquella casa no había nadie más que él. Vio las botellas vacías, los periódicos tirados. No había otra explicación: durante días estuvo desconectado de la realidad y el impulso creador lo había guiado. Si, al fin lo había logrado: su libro, el libro de sus sueños ya estaba escrito. Lo que él nunca supo, ni lo podrá saber, es que allí, a su lado, sin que él pudiera verla, alegre, sonriendo, estaba su esposa, la bella mujer que hacía tres años había muerto en un accidente de automóvil con su pequeño hijo.

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