Por: MOISES SAAB | 7:46 PMSANTO DOMINGO, 8 feb (PL).- Dominicanos preocupados por los malos hábitos alimenticios de sus compatriotas caminaron varios kilómetros por esta capital una marcha auspiciada por la Fundación de Cardiología (FDC), que hace 38 años clama en el desierto.
La Caminata por el Corazón reunió a unas dos mil personas de ambos sexos que partieron del Malecón capitalino, su balcón al proceloso Mar Caribe, hasta la céntrica Avenida Máximo Gómez, seis kilómetros en ida y vuelta, en un esfuerzo para que sus paisanos modifiquen sus hábitos de alimentación y abjuren del tabaquismo.
A sus 38 años de creado, el paseo convoca a un número limitado de participantes cuya bandera es razonable y bien intencionada, pero choca con el sibaritismo de sus compatriotas.
Por esas cosas de la tradición, la inmensa mayoría de los dominicanos comparten el gusto por una mesa bien provista de comestibles y bebestibles, sin que la moda de la cocina de diseñador haya sentado reales.
En palacios y cabañas las opíparas comilonas surgen por cualquier motivo e ingerir de una sentada una masa abundante de alimentos es señal de aprecio y nunca de glotonería, un concepto que comparten con los árabes.
Tal vez se trate de que el clima caribeño, tan alejado del europeo y tan cercano al Sol, sea adverso a esas exquisiteces según las cuales una alcachofa hervida, flanqueada por dos espárragos y coronada con un tomate enano es suficiente para vivir y el colmo de la delicadeza culinaria.
Enfrentado a semejante engendro, cualquier hijo de vecino podría pensar que se trata de un adorno de mesa que el camarero olvidó retirar a tiempo antes de entrar en materia.
Los pocos partidarios de esa variante gastronómica, por decirle de alguna forma, son vistos como bichos raros, miméticos que en el fondo de su alma estomacal están pensando en un buen trozo de cerdo, o de chivo (cabro), en cualquiera de sus modalidades.
En palacios y cabañas que diría el Tenorio, el lechón asado es rey con todo y pellejo, hasta el punto el distrito capitalino de Villa Mella es considerado la Meca de los Chicharrones, a la que todos los días hay peregrinación.
De masa, de viento, entreverados, los trozos de grasa de puerco demoran poco en pasar de la exhibición a la digestión de fieles arrobados que trasiegan miles de millones de unidades de "colesterol malo" sin el menor cargo de conciencia.
El cerdo no está solo en esa tentación: lo acompaña el chivo, una suerte de cumbre de la cocina quisqueyana, hasta el punto que su carne se cotiza más cara que la de res.
Como para que nada se pierda, las entrañas de ambos mamíferos son elaboradas en diversas variantes sin que los consumidores le hagan asquitos, más bien todo lo contrario.
A esos malos hábitos, se han incorporado en los últimos tiempos las cadenas estadounidenses de comida chatarra con su variedad de hamburguesas de confección misteriosa, adornadas con tocineta y cuanto queso barato esté a la mano.
Con sus fachadas impolutas y luminosas, su ambiente antiséptico, y sus nombres hechos familiares por una publicidad inclemente, esos establecimientos son frecuentados sobre todo por las personas de mayor poder adquisitivo y los jóvenes. Para los primeros es una forma de sentirse fuera del ambiente criollo que consideran anticuado; para los segundos, el lugar donde reunirse para ver y ser vistos por los demás miembros de su generación.
La Sociedad Dominicana de Cardiología, auspiciadora de la campaña, advierte contra ambos hábitos de alimentación y propugna su erradicación, además de la práctica de ejercicios, un lujazo en un país en el cual el salario promedio apenas alcanza para los gastos más indispensables, entre ellos comer chicharrones y puerco, siempre que se pueda.